sábado, 1 de agosto de 2026

Transpirenaica - Etapa 4 - Portillón, Peyresourde y Aspin



Comienzo de la 4.ª etapa y empieza el "terreno Tour de Francia". Los nombres de los puertos, aunque solo sigas mínimamente el deporte del pedal, seguro que te suenan: Portillón, Peyresourde y Aspin. Ahí es nada. Dicho esto, son tres puertos que ya había subido previamente, concretamente en 2012 y 2016, por citar los primeros años que me vienen a la cabeza.



La etapa se presentaba disfrutona. Los puertos los conocía al dedillo y sabía perfectamente a lo que me enfrentaba. Además, digamos que ya había pasado el "punto sin retorno". Siempre, en estas lides, para mí los dos o tres primeros días son los peores y, a partir de ahí, físicamente voy a más. Normalmente porque el cuerpo ya se acostumbra a estos esfuerzos y, por poco que sea, la forma empieza a salir a relucir, hasta acabar los últimos días en "velocidad de crucero". A eso había que añadir que el calor en esta zona se presentaba más suave y los puertos ofrecían más sombra. Al menos, eso decía la teoría.

Comenzamos con la salida desde Salardú, todo cuesta abajo por una carretera aceptable hasta llegar a Vielha y, desde allí, a Bosost, donde comenzaba el primer puerto del día: el Portillón. Antes de llegar, todo el mundo salió muy abrigado porque la etapa empezaba bajando. Yo, viendo la temperatura que hacía, empecé con el chubasquero, aunque me lo quité a los diez minutos de salir. Hacía algo de fresco, pero era perfectamente soportable. Además, cuando llegamos a la rotonda de inicio del puerto, todo el mundo paró para quitarse ropa de abrigo y dejarla en la furgoneta. Yo no lo hice; seguí mi camino con el chubasquero bien doblado en el maillot y haciendo kilómetros. ¡¡Arrancaba la fuga del día!!

Los primeros compases del puerto fueron a buen ritmo. Me encontraba bien y, además, toda esta vertiente discurre prácticamente a la sombra, algo que se agradecía. Eso sí, cuando apenas llevaba tres de los ocho kilómetros que tenía el puerto, los más fuertes me dieron caza y me adelantaron. Aun así, conseguí mantenerlos a la vista hasta dos kilómetros de la cima. Como veía que iba un poco por encima de mi ritmo habitual y no quería reventar de cara a los siguientes puertos, levanté ligeramente el pie. En cualquier caso, el puerto estaba prácticamente hecho, ya que, salvo un par de tramos con algo más de porcentaje, era una subida muy llevadera, sin esas rampas que te dejan clavado.

Y, qué casualidad, otra vez nos encontramos con los "Martineitors". Parecía que nos estaban siguiendo durante todo el viaje y, dicho sea de paso, no sería la última vez que coincidiríamos con ellos. Aproveché ese momento para hacerme una foto con el campeón del mundo de MotoGP, Jorge Martín, al que no habíamos dejado de ver durante los últimos cuatro días. Aunque, siendo sinceros, a mí el mundo de las motos ni fu ni fa. Eso sí, debía de ser bastante famoso porque, arriba del puerto, unas personas que iban en coche lo reconocieron y empezaron a animarle con mucha emoción.

La bajada por la otra vertiente hasta Bagnères-de-Luchon era muy técnica. Y adivinad quién llegó abajo con tiempo suficiente para atravesar el pueblo en solitario y comenzar el siguiente puerto con algo de ventaja. Además, al pasar por este pueblo me vinieron recuerdos del año 2012, cuando estuve varios días recorriendo los puertos de la zona, como Balès o Superbagnères. Incluso el hotel en el que me alojé seguía abierto, el hotel Panorámic. Buenos recuerdos.

El siguiente puerto era el Peyresourde, un clásico del Tour, con su prolongación hasta el aeródromo de Peyragudes. El primer tramo discurría en parte por la sombra y con rampas bastante llevaderas. Como era de esperar, la ventaja que había conseguido ya había desaparecido: a mitad del puerto me alcanzó Javi, que es un auténtico cohete, y, a falta de tres kilómetros, llegó el resto. Pero, al final, el caso es subirlos y listo. Además, a partir de la mitad del puerto la vegetación desaparece y empiezan a verse las dos o tres últimas zetas del recorrido.

Ya en la cima, mientras hacíamos fotos y aprovechábamos para avituallarnos, charlamos con una pareja que había venido desde Valencia. Por cierto, una pareja a la que yo había adelantado como un cohete en los primeros kilómetros del puerto, pero que, en los tres últimos, con esos porcentajes por encima del 8 % que tan mal se me dan, vi por el rabillo del ojo que venían con ganas de devolverme el adelantamiento. Y vaya si lo hicieron: me pasaron prácticamente sobre la misma línea de la cima. Pero, la verdad, tampoco es algo que me quite el sueño. Segundo puerto del día al bolsillo.

Tras un brevísimo avituallamiento, tocaba bajar hasta Arreau para afrontar el tercer y último puerto del día. Como conocía bien esa bajada de haberla hecho varias veces, no voy a negar que bajé muy rápido. 

Sin embargo, al llegar a la entrada de Arreau nos encontramos —yo el primero— con la sorpresa de que el acceso al pueblo estaba cortado por un mercadillo local. Durante toda la travesía tuve que ir muy despacio para no llevarme a nadie por delante. Había muchísima gente, puestos de gastronomía local y bastante ambiente. Incluso tuve que poner pie a tierra un par de veces. No fuera a ser que apareciera algún gendarme, me llamara la atención y ya tuviéramos el lío montado.

Intenté avisar por WhatsApp a mis compañeros, que venían por detrás, pero fue entonces cuando descubrí que el roaming de mi móvil no funcionaba, así que iba totalmente incomunicado por Francia.

Un motivo más para retorcerme todo lo posible en el Aspin y llegar arriba antes que nadie, o al menos entre los primeros. La fuga del día seguía viva.

El Aspin es un puerto cuyos primeros kilómetros son relativamente suaves. La zona intermedia es donde la subida se hace más pestosa, para dar paso después a un tramo completamente expuesto al sol, entre praderas y curvas de herradura, eso sí, bastante separadas entre sí. No es una ascensión brutal, pero, como todas, tiene su punto de dureza. En cualquier caso, ya lo había subido tres o cuatro veces, así que sabía perfectamente a lo que me enfrentaba.

En los primeros kilómetros me junté con tres ciclistas de Burgos que estaban por allí haciendo puertos, así que compartimos un buen rato de conversación mientras subíamos. Después, cada uno siguió su camino. A partir de ese momento empezó mi lucha contra mí mismo, contra las rampas del puerto y contra los que venían por detrás. Todo ese esfuerzo estuvo a punto de dar resultado, ya que solo me adelantó José Antonio, mi compañero de habitación, a kilómetro y medio de la cima. ¡¡Casi sale la fuga!!

Arriba, como siempre, tocó la foto de rigor, un pequeño avituallamiento y directo para abajo, ya que hasta el hotel apenas había que dar pedales. Después del esfuerzo que había hecho, simplemente me dejé caer, realizando probablemente la bajada más lenta de toda la semana. Llegué completamente fundido al hotel, donde un bocadillo, un par de helados y un buen chapuzón en la piscina resultaron reparadores y me permitieron aguantar hasta la cena.

Eso sí, la tarde fue un tanto complicada. Primero, por resolver el problema del roaming y, segundo, porque sobrevoló un asunto familiar que hizo pensar que quizá tendría que volver urgentemente a Madrid al día siguiente. Afortunadamente, al final no fue necesario y pude continuar la Transpirenaica sin mayores problemas.

Y al día siguiente, etapón con sabor a Tour de Francia en un día muy especial: seis meses, bici de regalo y Tourmalet. ¿Qué podía salir mal?



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