Segunda etapa con llegada a Andorra, con los colosos de La Creueta, Puymorens y Envalira. Sobre el papel era una jornada muy dura y, en la práctica, así fue. Sin embargo, personalmente fue la etapa que menos me gustó de toda la travesía, y tengo mis razones.
Afortunadamente, aquel día el calor parecía dispuesto a darnos una tregua y no iba a apretar tanto como en la jornada anterior, lo que suponía un pequeño alivio. Salimos, como siempre, alrededor de las 8:45 desde el hotel de Ripoll. Los primeros 20 kilómetros eran un continuo sube y baja hasta llegar a las inmediaciones del Coll de la Creueta, un puerto de primera categoría con casi 20 kilómetros de ascensión.
Eso sí, antes de alcanzar el inicio del puerto había dos repechos de algo más de un kilómetro que ya servían para ir calentando las piernas. Además, ese día todo el grupo salió con ganas de llevar un ritmo alegre, así que desde el principio hubo poco margen para relajarse.
Llegamos todos juntos al comienzo de la primera ascensión. La dureza de La Creueta se concentra principalmente en sus primeros ocho kilómetros, donde abundan las rampas por encima del 8 % y el 9 %. Y claro, por mi estatura y mi peso, esos porcentajes siempre se me hacen especialmente duros. Además, empecé a darme cuenta de que este año había cometido un error importante con el desarrollo de la bicicleta.
Llevaba un 36x30 y enseguida vi que se me iba a quedar corto para toda la travesía. El año anterior, por ejemplo, en Suiza, había montado un 34x34 y pude subir con mucha más comodidad, moviendo el desarrollo con mucha más alegría. Fue, sin duda, un fallo importante.
Pero ya no había solución posible, así que tocaba aguantarse, tirar de riñón... y de pelotas.
Superados los kilómetros más duros, la pendiente se suavizó bastante y pude encontrar un ritmo mucho más cómodo. Incluso hubo algunos tramos en los que pude meter el plato grande, algo impensable al inicio de la subida. Además, la temperatura acompañaba y durante la ascensión ocurrieron dos anécdotas bastante curiosas.
La primera fue que logré adelantar a tres o cuatro ciclistas que rodaban por delante de nosotros. No, esa no es la anécdota. Lo realmente curioso era que iban acompañados por un coche de apoyo, concretamente un Seat Panda de los de toda la vida. Cada vez que el conductor nos adelantaba, sacaba un enorme cencerro y se ponía a animarnos con entusiasmo. Una escena tan peculiar como divertida.
La segunda anécdota llegó justo en la cima. Después de la obligatoria sesión de fotos en el cartel del puerto —ya sabéis, sin foto no hay puerto—, se nos acercó un cicloturista que hablaba inglés. Se llamaba Dave, era de Nueva York y estaba haciendo exactamente la misma travesía que nosotros, pero en sentido contrario.
Estuvimos un buen rato charlando con él entre risas y buen ambiente. El momento más divertido fue cuando mi compañero Pepín le comentó que tenía siete hijos. La cara de Dave fue un auténtico poema; no daba crédito, aunque todo transcurrió entre bromas y muchas sonrisas.
Después de ese momento de relax tocaba bajar hasta Puigcerdà, recorrer un pequeño tramo llano y afrontar el puerto de Puymorens.
Me lancé en la bajada y llegué abajo completamente solo, con la ventaja suficiente para que el grupo me alcanzara cuando ya había superado aproximadamente la mitad del puerto.
El Puymorens, habitual en alguna edición del Tour de Francia cuando la carrera entra en Andorra, tiene cerca de 15 kilómetros de longitud y, en realidad, casi forma una única ascensión junto al Envalira. Tras coronarlo apenas se descienden un par de kilómetros antes de comenzar inmediatamente la subida al gran puerto andorrano.
El Puymorens no me pareció excesivamente duro y pude superarlo sin demasiados problemas, llegando prácticamente al mismo tiempo que Pepín, Javi y el Profe. Los cuatro iniciamos juntos la transición hacia el Envalira, aunque yo empecé esta última subida ligeramente retrasado y ya no volvería a verlos hasta el final. El puerto empezaba a hacerse realmente duro para mí.
Hasta la estación de Pas de la Casa la subida era relativamente llevadera, aunque ya se notaba un incremento importante del tráfico. Sin embargo, a partir de allí, una vez dentro de Andorra, todo se convirtió en un auténtico caos.
Para empezar, el viento comenzó a soplar con mucha fuerza y hubo tramos en los que literalmente parecía que la bicicleta se quedaba clavada. A eso había que añadir el enorme volumen de coches, con el consiguiente aumento de conductores poco respetuosos con los ciclistas, lo que obligaba a extremar la precaución.
Y, por si fuera poco, al atravesar la estación de esquí las pendientes volvieron a endurecerse considerablemente. Los últimos cinco kilómetros fueron un auténtico calvario.
Ya cerca de la cima me adelantaron dos corredores del equipo UAE. Pasaron tan rápido que ni siquiera pude identificar quiénes eran. Fue impresionante ver la velocidad a la que ascendían. Yo creo que casi no alcanzo esa velocidad ni rodando en llano, así que podéis haceros una idea.
Por fin, después de un buen rato de sufrimiento y muchos chepazos sobre la bicicleta, conseguí coronar el Envalira. Era un puerto que ya conocía de mi escapada con Diego Ramos a Andorra en 2022, aunque entonces lo había subido por la vertiente contraria.
Precisamente esa vertiente, por la que ahora descendíamos, me pareció mucho más bonita durante sus primeros seis o siete kilómetros: más curvas, menos tráfico y un auténtico ambiente de puerto de montaña. En ese tramo, además, me crucé con bastantes ciclistas profesionales que ascendían en sentido contrario.
Pero al llegar a Soldeu empezó, para mí, la parte realmente desagradable.
Desde allí hasta Andorra la Vella todo era una sucesión interminable de hoteles, edificios, centros comerciales, talleres y urbanizaciones. Era como recorrer una Gran Vía de Madrid de casi veinte kilómetros de longitud. Sencillamente, no me gustó nada.
La bajada exigía mucha atención por el tráfico, aunque pude disfrutar de un tramo especialmente divertido siguiendo la rueda de una ciclista profesional del Uno-X, que descendía de maravilla. Aun así, todo ese recorrido fue una auténtica odisea y reforzó la mala impresión que siempre me ha producido este país. Es una opinión completamente personal, pero sigo sin encontrarle el atractivo que tanta gente le ve.
Ya en Andorra la Vella, el track nos jugó una mala pasada y estuvimos un rato dando vueltas entre coches, atascos y muchísimo tráfico, hasta que finalmente conseguimos llegar sanos y salvos al hotel.
Lo único positivo de encontrarnos en un gigantesco centro comercial fue que pude entrar en una tienda de bicicletas para reponer las bombonas de CO₂ que me habían confiscado en Atocha dos días antes y comprar otra multiherramienta, ya que la mía se había quedado olvidada en Madrid.
Por lo demás, acababa de llegar y ya tenía ganas de marcharme. Personalmente, creo que esta será la última vez que visite Andorra.
La tarde transcurrió entre un breve paseo, una agradable charla con mi compañero de habitación —o, mejor dicho, con mi compañero de zulo— y la cena en el caluroso restaurante del hotel. Una llegada, desde luego, de lo más completa.
Al día siguiente, más.







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