lunes, 3 de agosto de 2026

Transpirenaica - Etapa 7 (Última) - Bagargi, Sourzay, Arthaburu, Irulegui e Ispéguy

 


¡¡Última etapa!!

Después de seis días sin parar de subir y bajar, tocaba la traca final, ya que, como se suele decir, «hasta el rabo todo es toro». Y esta última etapa no era moco de pavo, ni mucho menos. Es más, probablemente subimos el puerto más duro de toda la semana y también bajamos, para mí, el puerto más difícil que existe en los Pirineos.

Además, viendo el perfil de la etapa, muchos pensábamos que la mayor dureza estaba concentrada en los primeros 40 kilómetros, pero el resto del recorrido también se hizo mucho de rogar.



El día amaneció igual que el anterior: muy nublado e incluso lloviendo, aunque con una temperatura muy agradable. Ese ambiente hizo que me tomara la jornada con mucha más alegría. Eso sí, las piernas ya notaban el cansancio acumulado, pero había que hacer el último esfuerzo. Además, después de tantos días, desayunar las cantidades que habíamos tomado durante toda la semana ya costaba lo suyo.

La etapa comenzaba, cómo no, viendo por última vez a los "Martineitors". Aunque el primer tramo lo teníamos en común, después del tercer puerto ellos seguirían por un lado y nosotros por otro, así que ya era seguro que aquella sería la última vez que nos veríamos. Ha sido una verdadera curiosidad coincidir con ellos durante casi toda la semana, llegando incluso a compartir hotel en dos ocasiones.

Los dos primeros kilómetros los hicimos bien abrigados con el chubasquero, porque salimos bajo la lluvia. Y, apenas recorridos esos dos kilómetros, comenzaba el durísimo Bagargui.



Debo decir que desde la salida hasta el final de la bajada del Errozate-Arthaburu conocía perfectamente el terreno, ya que lo había recorrido dos veces en sentido inverso cuando, por mi cuenta, hice la Irati Xtrem en los años 2009 y 2010. Y tengo que reconocer que, si entonces ya me impresionó la brutalidad de este puerto bajándolo, ahora me tocaba sufrirlo subiendo.

La dureza de este puerto se concentra en sus últimos cinco kilómetros, con porcentajes medios por kilómetro del 13 %, 12 %, 11 %, 12 % y 12 %. Así que ya podéis imaginar las rampas del 17 % e incluso del 19 % que me tuve que comer a base de chepazos y con el dichoso 36x30. Os aseguro que tuve que esforzarme al máximo. Aquellas pendientes no me iban a derrotar. La niebla, la fina lluvia que caía y el lamentable estado de la carretera —llena de excrementos de vacas y ovejas— le daban un toque épico. Además, aunque la temperatura era muy agradable, la humedad era enorme.

Con semejantes pendientes, muchas veces tuve que retorcerme sobre la bicicleta, agarrando con fuerza el manillar y las manetas de freno. Lo digo porque, en plena subida, la maneta derecha empezaba a crujir cada vez que la apretaba, y además de todas las circunstancias que ya tenía encima, empecé a preocuparme por una posible avería mecánica.

Una vez coronado el puerto y comenzando la bajada hacia el siguiente, llegó el susto del día. La maneta derecha, la misma que venía quejándose, empezó a moverse muchísimo. Lo primero que pensé al parar fue que se había partido y que la Transpirenaica se había terminado para mí. Afortunadamente, después de tantos descensos y tantas vibraciones, simplemente se había aflojado el tornillo de fijación. La reparación fue rápida y sencilla, aunque eso hizo que el resto del grupo siguiera bajando y les perdiera de vista... por poco tiempo.

Con lo resbaladizo que estaba el suelo, algunos bajaban con mucha precaución en las curvas, pero yo iba como un tiro, con mucha seguridad, y enseguida los alcancé al pasar por delante de los Chalets de Irati. Insisto: esta zona es absolutamente espectacular.

Después comenzaba el corto pero intenso Sourzay, donde marqué el ritmo entre las nubes y la lluvia para, posteriormente, bajar y comenzar el Arthaburu. Todo este tramo discurría por carreteras muy estrechas, de alta montaña, repletas de curvas, con lluvia, niebla y un paisaje impresionante. Me estaba encantando y lo estaba disfrutando muchísimo. Iba a tope, sin importarme demasiado lo que viniera después.

Posteriormente comenzamos la bajada del Errozate-Arthaburu y, si ya cuando lo subí me impresionó su dureza, bajándolo se aprecia todavía mucho más. También puedes disfrutar de la espectacular belleza del entorno, algo que cuando subes sufriendo apenas eres capaz de hacer.

Eso sí, me llevé un buen susto. Como comenté antes, toda la carretera estaba llena de excrementos de vacas y ovejas que, mezclados con el agua, eran puro hielo. Ya casi al final del descenso hay varias curvas de herradura bastante cerradas y, en una de ellas, la rueda trasera me patinó. Lo tenía controlado, no era la primera vez que me ocurría, pero aquello fue suficiente para que decidiera que, desde ese momento, las locuras justas.

Ya abajo decidí esperar al resto del grupo para continuar todos juntos, ya que la parte complicada de la etapa había terminado y enseguida entraríamos en una carretera nacional. A partir de ahí, la nacional sería una constante. Había tramos donde discurría paralela a una autovía, lo que hacía que apenas hubiera tráfico, aunque en otros nos desviaban de nuevo. Era un continuo entrar y salir, siempre acompañando al río Bidasoa. En teoría, el recorrido era así hasta Hondarribia, aunque aún quedaba el último puerto serio del día: Ispeguy.

Antes de afrontar la subida hicimos un breve avituallamiento. Bueno, al menos ellos, porque yo arranqué antes con la intención de terminar el puerto cuanto antes. Son unos ocho kilómetros al 7 % de pendiente media, que para despedir la semana no está nada mal.

Y decidí subirlo a tope desde abajo, hasta donde llegara. Finalmente, a tres kilómetros de la cima, vi por el rabillo del ojo que venían como lobos, así que apreté todavía más. Tenía el firme empeño de ser el primero en coronar el último puerto de la Transpirenaica y, por los pelos, lo conseguí.

Una vez arriba todos, nos dimos cuenta de que aún nos quedaban unos 70 kilómetros hasta Hondarribia, prácticamente de bajada y falso llano, así que no convenía entretenerse demasiado porque se nos iba a hacer eterno.

La bajada de este puerto la hice a mi ritmo, pero en una curva la cadena se salió por fuera del plato y tuve que colocarla a mano mientras seguía en marcha. Después de ese incidente, el desviador debió de moverse ligeramente porque, desde ese momento, al pedalear con plato grande y piñón pequeño, la cadena rozaba constantemente. Tuve que parar para enderezarlo a mano.

Dicho sea de paso, la bicicleta se portó como una auténtica jabata durante toda la semana. Eso sí, se le exigió muchísimo durante siete días seguidos: muchos kilómetros de descenso, mucha agua, infinidad de vibraciones, barro, suciedad... Estaba pidiendo a gritos una buena revisión, asi que el lunes nada mas llegar, directo a La grupetta. Sin lugar a dudas, un regalo maravilloso de mi padre.

Una vez terminada la bajada del último puerto, todavía quedaban unos 60 kilómetros que a todos se nos hicieron muy pesados. Ya había muchas ganas de terminar y, si a eso le añades un par de pinchazos dentro del grupo, la sensación de que aquello no acababa nunca fue todavía mayor.

Finalmente llegamos a Hondarribia, hasta la misma playa. La travesía de Mar a Mar había terminado. Allí nos abrazamos todos y nos felicitamos por el objetivo conseguido. Han sido siete días de un esfuerzo mayúsculo, mucho mayor de lo que podría explicar en estas breves líneas.

Lo mejor de todo ha sido el grupo: ocho ciclistas y tres personas de la organización. Desde el primer momento hubo sintonía entre todos, buen ambiente, risas, anécdotas y mil momentos que han hecho de esta una experiencia magnífica.

Y quiero hacer una mención especial a José Antonio "el Profe", mi compañero de habitación. Conectamos desde el minuto uno y la convivencia con él ha sido fantástica en todos los sentidos: deportivo, personal e incluso ideológico, en el sentido más amplio de la palabra. Un tipo con el que, además, tenemos amigos comunes y con el que, a buen seguro, nuestros caminos volverán a cruzarse por Madrid en alguna otra ocasión.

Ahora toca descansar unos días de la bicicleta, disfrutar del verano en familia y empezar a hacerse la pregunta de rigor:

¿Y en 2027... adónde?

Solo se me ocurren tres opciones: Dolomitas, Alpes franceses o Alpes italianos.

El tiempo dirá cuándo y dónde.



domingo, 2 de agosto de 2026

Transpirenaica - Etapa 6 - Marie Blanque, Ichere, Labays, Piedra de San Martín, Laza y Larrau

Tocaba hoy la 6.ª etapa, para mí la verdadera etapa reina de la Transpirenaica, que transcurría casi en su totalidad por el Pirineo navarro, con los puertos de Marie-Blanque, Ichère, Labays, Piedra de San Martín, Laza y Larrau. Casi nada, para un total cercano a los 4.000 metros de desnivel. Una auténtica burrada.

Además, muchas de las carreteras por las que íbamos a pasar discurrían por lugares muy aislados y solitarios, ideales para la práctica del ciclismo de carretera, aunque también nos encontramos alguna emboscada digna de mención.

Aquella mañana nos levantamos en la estación de esquí de Gourette con una densa niebla y bastante frío, algo que a mí me puso muy contento, ya que en esas condiciones es cuando mejor suelo rendir, sea cual sea el terreno. Quizá sea porque me he acostumbrado demasiado al tiempo que suele hacer en las carreras de ciclocross que llevo tantos años practicando.

Este hecho nos obligó a hacer el descenso hasta Laruns algo más abrigados. En mi caso, con el chubasquero y los manguitos fue más que suficiente. Hacía fresco, pero tampoco tanto como en el viaje a Suiza de 2025, donde sí que tuvimos que abrigarnos de verdad en algunos descensos.

Una vez completado el descenso hasta Laruns, la temperatura subió ligeramente, situándose en torno a los 18-20 grados, y el día seguía completamente nublado, por lo que las condiciones para afrontar la etapa eran simplemente ideales.

Tras ese descenso llegaba el primer coloso del día: el Col de Marie-Blanque. Si bien es cierto que la marcha cicloturista más famosa de nuestro país, la Quebrantahuesos, marcha que he hecho un par de veces, aunque si que es cierto, que de eso hace ya más de 20 años, lo sube por la otra vertiente, la realmente dura, esta tampoco desmerece. No alcanza los porcentajes del otro lado, pero sigue siendo una subida muy seria.

Además, al ser sábado, se notaba que había muchos más ciclistas por la carretera, probablemente la mayoría de la zona. En plena subida, cuando íbamos todos mezclados, cada uno a su ritmo, apareció una señora de unos 75 u 80 años que nos adelantó a todos con su bicicleta eléctrica (perdón, con su ciclomotor con forma de bici), y además lo hizo con una sonrisa entre burlona y divertida.

Este puerto tiene además un largo falso llano aproximadamente a mitad de subida, donde la Quebrantahuesos suele instalar uno de sus avituallamientos. Después llegan unos dos kilómetros finales de ascensión, para dar paso a otro falso llano de otros dos kilómetros, donde prácticamente iba sin dar pedales, llegando a la cima muy cerca de los compañeros que iban por delante.

Después de la foto de rigor, y como seguía nublado, no tenía demasiadas ganas ni de comer ni de beber, así que me lancé hacia abajo detrás de ellos. Uno a uno fui adelantándolos durante el descenso hasta llegar con tanta ventaja al valle que decidí tirar por el tramo llano de transición hasta el siguiente puerto y comenzar en solitario el Col de Ichère.

Este puerto no es gran cosa, pero es de esos cortitos y matones. Me dieron alcance prácticamente en la cima. Además, a partir de este momento la vegetación cambió por completo. Si durante los dos días anteriores predominaban las praderas y las zonas rocosas, ahora entrábamos de lleno en la Selva de Irati: un bosque inmenso y precioso por el que apenas se colaba un rayo de sol. Seguíamos disfrutando de una temperatura magnífica y, de vez en cuando, incluso caía alguna gota.

Una vez coronado el Col de Ichère, me lancé de nuevo hacia abajo camino del puerto de Labays. Toda la transición entre ambos puertos es simplemente espectacular: carretera estrecha entre árboles, paralela al río, todo verde... Un lugar absolutamente recomendable.

Eso sí, el tramo favorable duró poco. Enseguida llegó el desvío hacia la Piedra de San Martín por el Col de Labays, una de las varias vertientes que tiene este puerto y que yo no conocía. Y tengo que decir que me sorprendió muchísimo. 



Es realmente duro. Aquí los porcentajes de dos cifras no aparecen de forma puntual: se mantienen durante varios kilómetros. Personalmente me tocó ponerme en "modo penitencia" y, a base de riñón y chepazos, conseguí superarlo. Cerca de 17 kilómetros para salvar casi 1.200 metros de desnivel. Una emboscada en toda regla.

Como era de esperar, volví a acordarme de mi desarrollo. El 36x30 volvía a demostrar que se quedaba claramente corto para afrontar semejantes pendientes.

Una vez coronado Labays, enlazábamos con la auténtica subida a la Piedra de San Martín, una carretera que conocía perfectamente de mi escapada por la zona unos años atrás. Desde ese cruce aún quedaban cerca de ocho kilómetros hasta la cima y se me hicieron eternos. El esfuerzo de Labays me había dejado muy tocado.

Y eso que seguía nublado, porque con sol este terreno es una auténtica tortura. Doy buena fe de ello, porque precisamente por esta zona viví el peor día de mi vida encima de una bicicleta cuando hice por mi cuenta el recorrido de la Iraty Xtrem.

Una vez en la cima tocaba avituallamiento y después un descenso espectacular de casi 35 kilómetros hasta Isaba. Lo disfruté muchísimo. Llegué completamente solo al fondo del valle, con tanta ventaja que el desfiladero que conduce hacia Ochagavía para afrontar el Portillo de Laza lo hice íntegramente en solitario.

En ese desfiladero soplaba además un viento de cara bastante serio que iba desgastando poco a poco, mientras la temperatura comenzaba a subir porque las nubes iban desapareciendo. Mala noticia pensando en Larrau.

Ya en el Portillo de Laza tuve noticias de que, de los ocho que habíamos salido, solo cinco seguíamos sobre la bicicleta. Los tres colombianos, por unas razones u otras, habían tenido que subirse a las furgonetas. Simplemente no era su día.

Así que durante todo el trayecto que quedaba hasta meta fui completamente solo y cerrando el grupo. Tampoco me importó demasiado. Es más, casi lo agradecí para poder ir tranquilo, a mi ritmo, con mis pensamientos y mi sufrimiento. En peores plazas hemos toreado.

Una vez coronado el Portillo de Laza, tocaba descender hasta el cruce de Larrau. Allí ya el calor empezaba a hacerse notar. Desde ese punto quedaban unos diez kilómetros hasta la cima. Es cierto que, aunque Larrau es un auténtico monstruo, su vertiente realmente dura es la francesa, que para mí está entre los dos puertos más duros de todo el Pirineo. El otro es Errozate-Arthaburu, que también he subido, aunque esa historia queda para la crónica de la etapa 7.

Por esta vertiente, los diez kilómetros finales podrían compararse, en cuanto a porcentajes, con la parte central del puerto de La Morcuera, aunque con una diferencia importante: aquí toda la subida era completamente a pleno sol.

Yo iba bastante bien tanto de ánimo como de fuerzas, así que no tenía ninguna duda de que terminaría coronando el puerto y completando una etapa de cerca de 3.800 metros de desnivel. Aunque aún quedaba por vivir la anécdota del día.

Larrau, especialmente a las cuatro de la tarde, es un puerto tremendamente solitario. Apenas me crucé con un par de coches durante toda la subida.

El caso es que, a unos cuatro kilómetros de la cima, en una curva de herradura, había una furgoneta aparcada bajo la sombra de unos árboles. Allí estaban dos matrimonios franceses de cierta edad, con su mesa y sus cuatro sillas, comiendo tranquilamente al fresco. En cuanto me vieron, empezaron a animarme.

Cuando llegué a su altura les di las gracias y les deseé buen provecho, en francés, claro. Inmediatamente me ofrecieron agua y algo de comida, así que ni me lo pensé. Paré unos minutos con ellos. Me dieron agua, jamón, queso y un poco de pan, mientras manteníamos una conversación en una mezcla de español y francés sobre de dónde venía y hacia dónde iba.

Eran encantadores. Estoy seguro de que, si me hubiera quedado un rato más, habrían sacado una quinta silla para que me uniera a la sobremesa. Pero no era cuestión. Después de agradecerles enormemente el detalle, tocaba volver a subirse a la bici y rematar el puerto. Porque, como se parara el motor... malo. Y, por suerte, la cima ya estaba prácticamente al alcance.

Finalmente apareció el túnel de Larrau. Una vez atravesado, el puerto estaba terminado y, con él, prácticamente la etapa. Solo quedaba dejarse caer hasta el pueblo de Larrau.

Durante toda la bajada no podía dejar de acordarme de las dos veces que había subido ese puerto en sentido contrario. Los recuerdos iban apareciendo en cada curva. Eso sí, con muchísimo cuidado, porque el asfalto, especialmente en los últimos kilómetros, no es que esté mal: está destrozado. Como no lo arreglen pronto, solo se podrá pasar por allí con una bicicleta de gravel.

Al llegar al hotel, completamente machacado, todavía me esperaba la sorpresa final: allí también estaban los "Martineitors". Hay que joderse...

Después de una ducha reparadora y de un pequeño paseo, tocó disfrutar de una cena en el hotel, muy buena, por cierto, y dormir de un tirón. Ya solo quedaba afrontar la última etapa.

Transpirenaica - Etapa 5 - Tourmalet, Soulour y Aubisque



Tocaba la 5.ª etapa, y con cuatro puertos míticos en el menú: Tourmalet, Luz Ardiden, Soulor y Aubisque. Ahí es nada. Aunque Luz Ardiden algunos decidimos no hacerlo. En mi caso, por dos razones: la primera, porque es un puerto que ya había subido varias veces (sin ir más lejos, el año pasado con mi hijo); y la segunda, porque no formaba parte de la Transpirenaica como tal, ya que este puerto se subía y se bajaba expresamente. Además, fuimos varios los que tomamos esta decisión y, visto lo que pasó después, fue todo un acierto. Pero no adelantemos acontecimientos.

Otro de los motivos era el Soulor. Con los calores que estábamos teniendo y siendo un puerto muy largo y a pleno sol…, me preocupaba. Era el verdadero «coco» del día. Pero vayamos por partes.

El día comenzó con un desayuno un poco justo para lo que teníamos por delante. Además, yo tenía en la cabeza que era un día especialmente señalado, ya que se cumplían seis meses justos del fallecimiento de mi padre y el recuerdo estaba muy presente. Ir al sitio más mítico del Pirineo en modo ciclista y, además, hacerlo con la bici que me regaló él, digamos que para mí era un cóctel difícil de gestionar y de digerir. Así que, desde que me levanté, tenía un nudo en el estómago.

La salida de la etapa comenzaba con cero metros de llano. Era salir del hotel y, hala, para arriba: 18 kilómetros. Al menos para mí, por la vertiente «fea» del Tourmalet. Siempre me ha gustado más la vertiente de Luz-Saint-Sauveur, y este puerto lo habré subido ya por lo menos quince veces en los últimos veinte años.

Antes de comenzar la subida, paramos todos un momento a coger agua en la famosa fuente de Sainte-Marie-de-Campan, la misma donde, en las primeras ediciones del Tour, todos los corredores paraban a rellenar los bidones. Y, dicho sea de paso, el agua salía asquerosamente caliente. Mal empezábamos.



Comencé la subida a mi ritmo y, desde el primer minuto, me di cuenta de que las piernas no iban y la cabeza tampoco. Durante toda la ascensión fui literalmente cruzado. He de reconocer que no dejaba de pensar en mi padre y eso me vino abajo por completo. Iba tan mal que bajarme de la bici y subirme a la furgoneta se me pasó varias veces por la cabeza. Pero hice de tripas corazón y seguí subiendo a mi ritmo, mucho más lento de lo habitual, mientras veía las pintadas del suelo que la gente había hecho durante el paso del Tour de Francia este año apenas 10 días antes.


Cuando por fin conseguí llegar arriba, no pude evitar apartarme un poco para que nadie me viera echarme a llorar desconsoladamente durante unos minutos.

En cierto modo, aquello hasta me vino bien, porque todo lo que llevaba dentro por fin salió. Ese momento, gracias al fotógrafo de la Transpirenaica, Rubén Fueyo, quedó inmortalizado, ya que era el único que sabía lo que me estaba pasando. Pero el cuerpo lo estaba sufriendo y aquella crisis me duró todo el día. Las piernas no respondieron en ningún momento y, claro, pasó lo que tenía que pasar.


Después de unas dolorosas fotos en la cima del puerto, tocaba descender hasta Luz, donde paramos a tomar algo. Posteriormente seguimos hasta Argelès-Gazost, donde comenzaba el Soulor, el verdadero calvario del día: diecinueve kilómetros a pleno sol y con la calorina que estaba haciendo. Se mascaba la tragedia.

El Soulor comienza con unos cuatro kilómetros bastante duros, dando paso después a ocho kilómetros de falso llano muy llevaderos, para terminar con los siete finales, que son el puerto de verdad y donde se concentra lo más duro de la subida.

Así que los primeros cuatro kilómetros te ponen a tono y los ocho siguientes, literalmente, te ponen en modo «huevo cocido». En este tramo, en el pueblo de Aucun, había una fuente que me dio un respiro. En cuanto la vi, me metí prácticamente entero para refrescarme de arriba abajo. Tal era el calor que hacía.



Y, como hice dos días antes en la Bonaigua, seguí mi camino chorreando encima de la bici. Pero, a diferencia de aquella vez, el frescor apenas duró diez minutos. No había ni una sola nube, así que el efecto refrescante desapareció muy rápido, justo cuando comenzaban los siete kilómetros finales del puerto.

Y desde ese punto hasta la cima fue una agonía de principio a fin. Las piernas no iban, la cabeza tampoco; iba completamente bloqueado. Y si, además, a mitad del puerto te encuentras una rampa del 18 %, se te viene el mundo encima. Pero aguanté y conseguí coronarlo, llegando arriba totalmente roto.

En la cima estaban Ramón, Rubén, Felipe y alguno más. Así que, en el restaurante de allí arriba, tocaba reponer fuerzas. Entré y cogí lo primero que vi: un par de trozos de tarta y varios refrescos de té, que me sentaron de maravilla. 

De hecho, me sentaron tan bien que ya podía afrontar con garantías el tramo final por el Circo de Litor, la espectacular carretera que conduce al Aubisque, mucho más sencilla y, dicho sea de paso, uno de los tramos más bonitos de todo el Pirineo.

Además, entre la comida y la conversación con los compañeros, mi cabeza también hizo «clic» y se despejó por completo. Realmente lo necesitaba.

Reanudé la marcha camino del Aubisque y tanto el cuerpo como la cabeza habían cambiado por completo. La subida hasta la cima la hice sin mayores problemas. Tampoco es que fuera como un cohete, pero sí mucho mejor que en el Tourmalet y el Soulor.

Salí unos minutos antes que los demás porque, al ir tan apajarado, no quería retrasarme demasiado. Pero el caso es que llegué al Aubisque el primero y sin nadie respirándome en el cogote, así que tuve tiempo de tomarme algo mientras esperaba al resto.



Después tocaba descender hasta la estación de esquí de Gourette, donde teníamos el hotel. Una vez allí, tocaba descansar mientras veíamos la subida al Alpe d'Huez de Pogačar (sí, otro puerto que también he subido). Pero el tema de este extraterrestre lo dejamos para otro día, porque huele mal y no quiero irme por los cerros de Úbeda.

Al día siguiente nos esperaba la verdadera etapa reina: Marie-Blanque, Piedra de San Martín y Larrau. Todo ello por el Pirineo navarro, una zona preciosa y también muy, muy dura para el ciclismo. Pero esa tarde tocaba descansar y dormir. No adelantemos acontecimientos.



sábado, 1 de agosto de 2026

Transpirenaica - Etapa 4 - Portillón, Peyresourde y Aspin



Comienzo de la 4.ª etapa y empieza el "terreno Tour de Francia". Los nombres de los puertos, aunque solo sigas mínimamente el deporte del pedal, seguro que te suenan: Portillón, Peyresourde y Aspin. Ahí es nada. Dicho esto, son tres puertos que ya había subido previamente, concretamente en 2012 y 2016, por citar los primeros años que me vienen a la cabeza.



La etapa se presentaba disfrutona. Los puertos los conocía al dedillo y sabía perfectamente a lo que me enfrentaba. Además, digamos que ya había pasado el "punto sin retorno". Siempre, en estas lides, para mí los dos o tres primeros días son los peores y, a partir de ahí, físicamente voy a más. Normalmente porque el cuerpo ya se acostumbra a estos esfuerzos y, por poco que sea, la forma empieza a salir a relucir, hasta acabar los últimos días en "velocidad de crucero". A eso había que añadir que el calor en esta zona se presentaba más suave y los puertos ofrecían más sombra. Al menos, eso decía la teoría.

Comenzamos con la salida desde Salardú, todo cuesta abajo por una carretera aceptable hasta llegar a Vielha y, desde allí, a Bosost, donde comenzaba el primer puerto del día: el Portillón. Antes de llegar, todo el mundo salió muy abrigado porque la etapa empezaba bajando. Yo, viendo la temperatura que hacía, empecé con el chubasquero, aunque me lo quité a los diez minutos de salir. Hacía algo de fresco, pero era perfectamente soportable. Además, cuando llegamos a la rotonda de inicio del puerto, todo el mundo paró para quitarse ropa de abrigo y dejarla en la furgoneta. Yo no lo hice; seguí mi camino con el chubasquero bien doblado en el maillot y haciendo kilómetros. ¡¡Arrancaba la fuga del día!!

Los primeros compases del puerto fueron a buen ritmo. Me encontraba bien y, además, toda esta vertiente discurre prácticamente a la sombra, algo que se agradecía. Eso sí, cuando apenas llevaba tres de los ocho kilómetros que tenía el puerto, los más fuertes me dieron caza y me adelantaron. Aun así, conseguí mantenerlos a la vista hasta dos kilómetros de la cima. Como veía que iba un poco por encima de mi ritmo habitual y no quería reventar de cara a los siguientes puertos, levanté ligeramente el pie. En cualquier caso, el puerto estaba prácticamente hecho, ya que, salvo un par de tramos con algo más de porcentaje, era una subida muy llevadera, sin esas rampas que te dejan clavado.

Y, qué casualidad, otra vez nos encontramos con los "Martineitors". Parecía que nos estaban siguiendo durante todo el viaje y, dicho sea de paso, no sería la última vez que coincidiríamos con ellos. Aproveché ese momento para hacerme una foto con el campeón del mundo de MotoGP, Jorge Martín, al que no habíamos dejado de ver durante los últimos cuatro días. Aunque, siendo sinceros, a mí el mundo de las motos ni fu ni fa. Eso sí, debía de ser bastante famoso porque, arriba del puerto, unas personas que iban en coche lo reconocieron y empezaron a animarle con mucha emoción.

La bajada por la otra vertiente hasta Bagnères-de-Luchon era muy técnica. Y adivinad quién llegó abajo con tiempo suficiente para atravesar el pueblo en solitario y comenzar el siguiente puerto con algo de ventaja. Además, al pasar por este pueblo me vinieron recuerdos del año 2012, cuando estuve varios días recorriendo los puertos de la zona, como Balès o Superbagnères. Incluso el hotel en el que me alojé seguía abierto, el hotel Panorámic. Buenos recuerdos.

El siguiente puerto era el Peyresourde, un clásico del Tour, con su prolongación hasta el aeródromo de Peyragudes. El primer tramo discurría en parte por la sombra y con rampas bastante llevaderas. Como era de esperar, la ventaja que había conseguido ya había desaparecido: a mitad del puerto me alcanzó Javi, que es un auténtico cohete, y, a falta de tres kilómetros, llegó el resto. Pero, al final, el caso es subirlos y listo. Además, a partir de la mitad del puerto la vegetación desaparece y empiezan a verse las dos o tres últimas zetas del recorrido.

Ya en la cima, mientras hacíamos fotos y aprovechábamos para avituallarnos, charlamos con una pareja que había venido desde Valencia. Por cierto, una pareja a la que yo había adelantado como un cohete en los primeros kilómetros del puerto, pero que, en los tres últimos, con esos porcentajes por encima del 8 % que tan mal se me dan, vi por el rabillo del ojo que venían con ganas de devolverme el adelantamiento. Y vaya si lo hicieron: me pasaron prácticamente sobre la misma línea de la cima. Pero, la verdad, tampoco es algo que me quite el sueño. Segundo puerto del día al bolsillo.

Tras un brevísimo avituallamiento, tocaba bajar hasta Arreau para afrontar el tercer y último puerto del día. Como conocía bien esa bajada de haberla hecho varias veces, no voy a negar que bajé muy rápido. 

Sin embargo, al llegar a la entrada de Arreau nos encontramos —yo el primero— con la sorpresa de que el acceso al pueblo estaba cortado por un mercadillo local. Durante toda la travesía tuve que ir muy despacio para no llevarme a nadie por delante. Había muchísima gente, puestos de gastronomía local y bastante ambiente. Incluso tuve que poner pie a tierra un par de veces. No fuera a ser que apareciera algún gendarme, me llamara la atención y ya tuviéramos el lío montado.

Intenté avisar por WhatsApp a mis compañeros, que venían por detrás, pero fue entonces cuando descubrí que el roaming de mi móvil no funcionaba, así que iba totalmente incomunicado por Francia.

Un motivo más para retorcerme todo lo posible en el Aspin y llegar arriba antes que nadie, o al menos entre los primeros. La fuga del día seguía viva.

El Aspin es un puerto cuyos primeros kilómetros son relativamente suaves. La zona intermedia es donde la subida se hace más pestosa, para dar paso después a un tramo completamente expuesto al sol, entre praderas y curvas de herradura, eso sí, bastante separadas entre sí. No es una ascensión brutal, pero, como todas, tiene su punto de dureza. En cualquier caso, ya lo había subido tres o cuatro veces, así que sabía perfectamente a lo que me enfrentaba.

En los primeros kilómetros me junté con tres ciclistas de Burgos que estaban por allí haciendo puertos, así que compartimos un buen rato de conversación mientras subíamos. Después, cada uno siguió su camino. A partir de ese momento empezó mi lucha contra mí mismo, contra las rampas del puerto y contra los que venían por detrás. Todo ese esfuerzo estuvo a punto de dar resultado, ya que solo me adelantó José Antonio, mi compañero de habitación, a kilómetro y medio de la cima. ¡¡Casi sale la fuga!!

Arriba, como siempre, tocó la foto de rigor, un pequeño avituallamiento y directo para abajo, ya que hasta el hotel apenas había que dar pedales. Después del esfuerzo que había hecho, simplemente me dejé caer, realizando probablemente la bajada más lenta de toda la semana. Llegué completamente fundido al hotel, donde un bocadillo, un par de helados y un buen chapuzón en la piscina resultaron reparadores y me permitieron aguantar hasta la cena.

Eso sí, la tarde fue un tanto complicada. Primero, por resolver el problema del roaming y, segundo, porque sobrevoló un asunto familiar que hizo pensar que quizá tendría que volver urgentemente a Madrid al día siguiente. Afortunadamente, al final no fue necesario y pude continuar la Transpirenaica sin mayores problemas.

Y al día siguiente, etapón con sabor a Tour de Francia en un día muy especial: seis meses, bici de regalo y Tourmalet. ¿Qué podía salir mal?



Transpirenaica - Etapa 3 - Cantó y Bonaigua


Y lo mejor de todo era que por fin tocaba salir de Andorra, que creo haber dejado bastante claro que no me gustó absolutamente nada.

Esta etapa me imponía muchísimo respeto. Aunque solo había dos puertos importantes (el Cantó y la Bonaigua), este último me preocupaba especialmente por las previsibles altas temperaturas. Y, desde luego, no decepcionó.


La salida de Andorra fue bastante "guarra" hasta la frontera: todo en bajada, entre camiones, coches, autobuses, un carril bici de auténtica pena… En definitiva, toda una odisea (y no me refiero a la película de Christopher Nolan). Lo dicho: un auténtico asco.

Por fin conseguimos salir de Andorra. La carretera hasta La Seu d'Urgell todavía tenía bastante tráfico, pero al girar hacia Adrall la situación mejoró mucho. Como hasta ese pueblo era prácticamente todo descenso, el grupo rodó cómodo y a buen ritmo. Sin embargo, allí comenzaba el primer coloso del día: el Port del Cantó.

El inicio de este puerto es durísimo. Desde el primer minuto tocó poner mi ritmo y subir sin mirar atrás, demostrando, una vez más, que montar un 36x30 para un viaje como este había sido una decisión completamente equivocada. Pero era lo que había.



El puerto puede dividirse perfectamente en tres tramos para completar sus 23 kilómetros. Un primer tramo muy exigente, un segundo donde la pendiente suaviza, aunque sigue siendo considerable, y un último tramo mucho más amable, con zonas donde incluso se puede meter el plato porque la inclinación apenas se nota.

Como curiosidad, volví a ver varios coches pintados en "modo cebra", igual que en Austria hace dos años durante la etapa del puerto de Sölden. Comentándolo con los compañeros, al parecer algunas marcas utilizan este puerto para probar nuevos vehículos y ese camuflaje sirve para ocultar ciertos detalles del diseño.

Después de algo más de una hora conseguí coronar el puerto y comenzó la liturgia habitual: foto de rigor, comer algo y lanzarnos hacia abajo. En mi caso, todo el tiempo que me sacan subiendo intento recuperarlo bajando, aprovechando además para coger velocidad y algo de ventaja antes del siguiente puerto.


También hay que decir que el descenso hasta Sort —sí, el pueblo famoso por la Lotería de Navidad— tiene un asfalto lamentable. Es una auténtica pena ver las carreteras en ese estado, aunque, visto lo visto durante el viaje, ya no sorprende a nadie.

Desde Sort nos esperaban unos 20 kilómetros por el desfiladero hasta Esterri d'Àneu. Fueron realmente pestosos y, para colmo, tuvimos que detenernos un par de veces por sendos pinchazos. En los últimos diez kilómetros me puse a tirar de un par de compañeros, Profe y Javi, para llegar con algo de ventaja al inicio del puerto. En mi caso, el calor ya empezaba a apretar y cuanto antes comenzara la subida, mejor.

Y el comienzo no fue precisamente el deseado.

Como ya he comentado alguna vez, el calor me sienta fatal. La Bonaigua empezaba con casi dos kilómetros larguísimos, completamente expuestos al sol, sin una sola sombra y, además, con el primer tramo sobre un viaducto que se me hizo más largo que un día sin pan. Sencillamente, lo estaba pasando realmente mal.

Pero, como suele decirse, a grandes males, grandes remedios.

Y entonces apareció la oportunidad.

Casi terminando ese tramo inicial vi, a la derecha de la carretera, un prado completamente verde con un magnífico aspersor regándolo. Ni me lo pensé. Dejé la bicicleta junto a la valla, saqué el móvil para que no se mojara y, completamente vestido y con los brazos abiertos, me planté debajo del chorro para empaparme por completo, por delante y por detrás.

Allí estuve al menos un par de minutos. Mi temperatura corporal bajó muchísimo y aquella ducha improvisada me sentó de maravilla.

Todavía chorreando agua, volví a subirme a la bicicleta para afrontar los 15 kilómetros restantes de la Bonaigua.

A partir de ese momento las sensaciones cambiaron por completo. Me encontraba mucho mejor. Es verdad que el ir completamente empapado apenas duró unos diez minutos, pero la ropa conservó el frescor casi hasta la cima. A eso ayudó también que el tramo final discurría entre una interminable sucesión de curvas de herradura y bajo un enorme nubarrón que amenazaba tormenta, aunque finalmente no descargó.


Gracias a la combinación de todas estas circunstancias pude llegar arriba sin mayores problemas, aunque alguno de los compañeros tuvo que subirse a la furgoneta en los últimos kilómetros por culpa del calor y de los porcentajes del puerto.

Hay que reconocer que el tramo final de la Bonaigua, especialmente los últimos cinco kilómetros con todas esas curvas de herradura, le da muchísimo encanto al puerto. Visualmente ayuda mucho a afrontar la parte final de la ascensión.



Además, durante la subida volvimos a cruzarnos con los "Martineitors", que, como ya he comentado, fueron casi compañeros de viaje durante prácticamente todos los días.

Una vez coronado, tocaba disfrutar del descenso hasta Salardú, pasando por la estación de Baqueira Beret. La conocía ligeramente porque estuve allí hace muchísimos años —por lo menos treinta y cinco— con mis padres, intentando esquiar. Digo intentando porque recuerdo que apenas había nieve.

Así que tiene su gracia volver a pasar por allí, esta vez encima de una bicicleta, tantas décadas después.

Y, al igual que ocurría en el Cantó, la carretera volvía a estar hecha un auténtico desastre, al menos hasta la estación de Baqueira. Da la sensación de que el firme solo se cuida hasta donde llegan los coches de los esquiadores; a partir de ahí, el abandono es absoluto. Otra vergüenza más, aunque, insisto, ya no sorprende demasiado.

Ya en Salardú, hay que reconocer que el hotel era una auténtica maravilla. Muy bonito en verano y seguro que todavía más en invierno, con la nieve y el calor de la chimenea. Fue todo un acierto, igual que el propio pueblo, que creo sinceramente que merece mucho la pena visitar.

Nada más llegar, mi compañero de habitación, José Antonio, y yo salimos desesperados a buscar algo de comer, porque todavía faltaba bastante para la cena. Encontramos un bar donde unos buenos pinchos de tortilla y unas raciones de patatas bravas nos supieron a gloria. Poco después fueron llegando el resto de los compañeros y, literalmente, entre todos "asaltamos", en el buen sentido de la palabra, las pocas raciones que aún le quedaban al local.



Después me acerqué a la iglesia del pueblo. Es muy bonita, tanto por dentro como por el entorno que la rodea. Me senté un buen rato en su jardín, a la sombra de un árbol, escuchando el sonido del agua de la fuente, que además estaba buenísima y salía helada. Se estaba tan a gusto que terminé tumbándome un rato en un banco para echar una siesta corta, pero tremendamente reparadora.




Después llegó la cena en un restaurante del pueblo, donde, como era de esperar, arrasamos con todo.

Y a dormir.

Al día siguiente comenzaban las dos etapas de auténtico "terreno Tour de Francia".