viernes, 31 de julio de 2026

Transpirenaica - Etapa 2 - Creuta, Puymorens y Envalira


Segunda etapa con llegada a Andorra, con los colosos de La Creueta, Puymorens y Envalira. Sobre el papel era una jornada muy dura y, en la práctica, así fue. Sin embargo, personalmente fue la etapa que menos me gustó de toda la travesía, y tengo mis razones.



Afortunadamente, aquel día el calor parecía dispuesto a darnos una tregua y no iba a apretar tanto como en la jornada anterior, lo que suponía un pequeño alivio. Salimos, como siempre, alrededor de las 8:45 desde el hotel de Ripoll. Los primeros 20 kilómetros eran un continuo sube y baja hasta llegar a las inmediaciones del Coll de la Creueta, un puerto de primera categoría con casi 20 kilómetros de ascensión.

Eso sí, antes de alcanzar el inicio del puerto había dos repechos de algo más de un kilómetro que ya servían para ir calentando las piernas. Además, ese día todo el grupo salió con ganas de llevar un ritmo alegre, así que desde el principio hubo poco margen para relajarse.

Llegamos todos juntos al comienzo de la primera ascensión. La dureza de La Creueta se concentra principalmente en sus primeros ocho kilómetros, donde abundan las rampas por encima del 8 % y el 9 %. Y claro, por mi estatura y mi peso, esos porcentajes siempre se me hacen especialmente duros. Además, empecé a darme cuenta de que este año había cometido un error importante con el desarrollo de la bicicleta.

Llevaba un 36x30 y enseguida vi que se me iba a quedar corto para toda la travesía. El año anterior, por ejemplo, en Suiza, había montado un 34x34 y pude subir con mucha más comodidad, moviendo el desarrollo con mucha más alegría. Fue, sin duda, un fallo importante.

Pero ya no había solución posible, así que tocaba aguantarse, tirar de riñón... y de pelotas.


Superados los kilómetros más duros, la pendiente se suavizó bastante y pude encontrar un ritmo mucho más cómodo. Incluso hubo algunos tramos en los que pude meter el plato grande, algo impensable al inicio de la subida. Además, la temperatura acompañaba y durante la ascensión ocurrieron dos anécdotas bastante curiosas.

La primera fue que logré adelantar a tres o cuatro ciclistas que rodaban por delante de nosotros. No, esa no es la anécdota. Lo realmente curioso era que iban acompañados por un coche de apoyo, concretamente un Seat Panda de los de toda la vida. Cada vez que el conductor nos adelantaba, sacaba un enorme cencerro y se ponía a animarnos con entusiasmo. Una escena tan peculiar como divertida.


La segunda anécdota llegó justo en la cima. Después de la obligatoria sesión de fotos en el cartel del puerto —ya sabéis, sin foto no hay puerto—, se nos acercó un cicloturista que hablaba inglés. Se llamaba Dave, era de Nueva York y estaba haciendo exactamente la misma travesía que nosotros, pero en sentido contrario.

Estuvimos un buen rato charlando con él entre risas y buen ambiente. El momento más divertido fue cuando mi compañero Pepín le comentó que tenía siete hijos. La cara de Dave fue un auténtico poema; no daba crédito, aunque todo transcurrió entre bromas y muchas sonrisas.

Después de ese momento de relax tocaba bajar hasta Puigcerdà, recorrer un pequeño tramo llano y afrontar el puerto de Puymorens.

Me lancé en la bajada y llegué abajo completamente solo, con la ventaja suficiente para que el grupo me alcanzara cuando ya había superado aproximadamente la mitad del puerto.

El Puymorens, habitual en alguna edición del Tour de Francia cuando la carrera entra en Andorra, tiene cerca de 15 kilómetros de longitud y, en realidad, casi forma una única ascensión junto al Envalira. Tras coronarlo apenas se descienden un par de kilómetros antes de comenzar inmediatamente la subida al gran puerto andorrano.


El Puymorens no me pareció excesivamente duro y pude superarlo sin demasiados problemas, llegando prácticamente al mismo tiempo que Pepín, Javi y el Profe. Los cuatro iniciamos juntos la transición hacia el Envalira, aunque yo empecé esta última subida ligeramente retrasado y ya no volvería a verlos hasta el final. El puerto empezaba a hacerse realmente duro para mí.

Hasta la estación de Pas de la Casa la subida era relativamente llevadera, aunque ya se notaba un incremento importante del tráfico. Sin embargo, a partir de allí, una vez dentro de Andorra, todo se convirtió en un auténtico caos.

Para empezar, el viento comenzó a soplar con mucha fuerza y hubo tramos en los que literalmente parecía que la bicicleta se quedaba clavada. A eso había que añadir el enorme volumen de coches, con el consiguiente aumento de conductores poco respetuosos con los ciclistas, lo que obligaba a extremar la precaución.

Y, por si fuera poco, al atravesar la estación de esquí las pendientes volvieron a endurecerse considerablemente. Los últimos cinco kilómetros fueron un auténtico calvario.


Ya cerca de la cima me adelantaron dos corredores del equipo UAE. Pasaron tan rápido que ni siquiera pude identificar quiénes eran. Fue impresionante ver la velocidad a la que ascendían. Yo creo que casi no alcanzo esa velocidad ni rodando en llano, así que podéis haceros una idea.

Por fin, después de un buen rato de sufrimiento y muchos chepazos sobre la bicicleta, conseguí coronar el Envalira. Era un puerto que ya conocía de mi escapada con Diego Ramos a Andorra en 2022, aunque entonces lo había subido por la vertiente contraria.


Precisamente esa vertiente, por la que ahora descendíamos, me pareció mucho más bonita durante sus primeros seis o siete kilómetros: más curvas, menos tráfico y un auténtico ambiente de puerto de montaña. En ese tramo, además, me crucé con bastantes ciclistas profesionales que ascendían en sentido contrario.

Pero al llegar a Soldeu empezó, para mí, la parte realmente desagradable.

Desde allí hasta Andorra la Vella todo era una sucesión interminable de hoteles, edificios, centros comerciales, talleres y urbanizaciones. Era como recorrer una Gran Vía de Madrid de casi veinte kilómetros de longitud. Sencillamente, no me gustó nada.

La bajada exigía mucha atención por el tráfico, aunque pude disfrutar de un tramo especialmente divertido siguiendo la rueda de una ciclista profesional del Uno-X, que descendía de maravilla. Aun así, todo ese recorrido fue una auténtica odisea y reforzó la mala impresión que siempre me ha producido este país. Es una opinión completamente personal, pero sigo sin encontrarle el atractivo que tanta gente le ve.

Ya en Andorra la Vella, el track nos jugó una mala pasada y estuvimos un rato dando vueltas entre coches, atascos y muchísimo tráfico, hasta que finalmente conseguimos llegar sanos y salvos al hotel.

Lo único positivo de encontrarnos en un gigantesco centro comercial fue que pude entrar en una tienda de bicicletas para reponer las bombonas de CO₂ que me habían confiscado en Atocha dos días antes y comprar otra multiherramienta, ya que la mía se había quedado olvidada en Madrid.

Por lo demás, acababa de llegar y ya tenía ganas de marcharme. Personalmente, creo que esta será la última vez que visite Andorra.

La tarde transcurrió entre un breve paseo, una agradable charla con mi compañero de habitación —o, mejor dicho, con mi compañero de zulo— y la cena en el caluroso restaurante del hotel. Una llegada, desde luego, de lo más completa.

Al día siguiente, más.



jueves, 30 de julio de 2026

Transpirenaica - Etapa 1 - Col de Caselles y Coll de Canes

Y llegó el día: primera etapa de la Transpirenaica de Mar a Mar 2026 y, por consiguiente, primer atracón en el desayuno. La etapa era, en teoría, una simple toma de contacto con la montaña y, sobre el papel, tampoco parecía especialmente dura. Ya sabemos lo peligrosas que son esas cuatro palabras: "es una etapa suave".



Salimos a las 8:45, aunque antes casi estrenamos la aventura de la peor manera. En la puerta donde habíamos guardado las bicicletas nos esperaba un nido de avispas del tamaño de un apartamento turístico. Después del correspondiente rodeo —porque ninguno tenía vocación de apicultor—, por fin comenzó la aventura.


Los primeros kilómetros fueron bastante feos: mucho llano, mucho tráfico y pocas alegrías. No fue hasta el kilómetro 31 cuando dejamos la carretera principal y nos desviamos hacia Banyoles. Ahí sí. Carreteras tranquilas, un continuo sube y baja y la sensación de que, por fin, aquello empezaba a parecerse a la Transpirenaica que todos teníamos en la cabeza.

Como suele ocurrir, algunos decidieron que era un buen momento para empezar a repartir "amor" a base de vatios. Yo, en cambio, llevaba una estrategia mucho más sofisticada: sobrevivir.

Porque el calor ya empezaba a apretar y, cuando el mercurio se dispara, mi cuerpo entra en modo ahorro de energía. 


Ese día confirmé algo que sospechaba desde hacía tiempo. El verdadero enemigo de esta Transpirenaica no iban a ser los puertos. Ni siquiera los kilómetros. Mi archienemigo iba a ser el calor. Contra eso no hay desarrollo aerodinámico que valga.

Lo notaba enseguida. El pulso iba más alto de lo normal, las piernas respondían con la misma alegría que un funcionario un viernes a las dos y cualquier repecho parecía tener intereses personales conmigo.

Llegó el Coll de Caselles y me puse a hacer lo único inteligente que podía hacer: olvidarme de todo el mundo y subir a mi ritmo. Total, si intentaba seguir a los buenos, iba a durar exactamente lo que un helado en agosto.

A mitad de puerto nos esperaba el primer avituallamiento, al que llegué completamente seco. Más que beber agua, creo que la absorbí por ósmosis.

Y allí aparecieron nuestros inesperados compañeros de viaje: los "Martineitors". El grupo de Gobik, con Jorge Martín entre sus filas, nos adelantó como si nosotros estuviéramos haciendo turismo y ellos hubieran quedado para comer. Además, también nos cruzamos con el Education First al completo. Uno mira esas piernas y entiende rápidamente por qué unos viven de montar en bici... y otros pagamos por sufrir encima de ella.

Después del avituallamiento salí antes que el resto. No porque fuera más fuerte, sino porque ya sabía que me iban a coger igualmente. Así al menos disfrutaba unos kilómetros de falsa sensación de superioridad.

Coroné el primer puerto en el kilómetro 79 y tocaba bajar hasta Olot para afrontar el Coll de Canes. Trece kilómetros de subida y luego, en teoría, dieciséis de bajada hasta Ripoll.

Lo de "en teoría" también tiene mucha trampa.

El Coll de Canes lo empecé, cómo no, a mi ritmo. Me adelantaron Pepín, Javi y el Profe, inmersos en su guerra por los puntos de la montaña. Yo estaba inmerso en otra bastante más importante: conseguir llegar arriba sin que me tuvieran que regar como a una maceta.

Poco después apareció Pablo, al que había conocido el día anterior en el tren, y me pasó como un cochete.

Mientras tanto, el Garmin marcaba más de 40 grados. Yo no sé si aquello era una carretera o una freidora de aire. El puerto no era especialmente duro, pero con ese calor cada curva parecía venir con pendiente de regalo. 

A falta de tres kilómetros apareció un cartel del Coll de Coubet. Puerto no catalogado, pero cartel había. Así que foto obligatoria. Los ciclistas somos así: vemos un cartel de puerto y perdemos el sentido común. 


Mientras posaba, me adelantaron otros tres Martineitors. Entonces me fijé en que uno llevaba las franjas de campeón del mundo. Más tarde me enteré de que era Jorge Martín. Hasta ese momento ni me había dado cuenta. Bastante esfuerzo estaba haciendo para mantenerme con vida como para andar fijándome en quién me adelantaba... que, por otra parte, era prácticamente todo el mundo.

Coroné el puerto en modo "pollo asado". 


Mientras recuperaba algo de dignidad en el avituallamiento, solo quedaba la bajada. Eso sí, de esas bajadas mentirosas que obligan a seguir pedaleando cuando tú ya habías desconectado mentalmente las piernas.

En el hotel coincidimos, por casualidad, con los Martineitors. Tocaba recuperar con una buena comida, un chapuzón en la piscina para volver a tener temperatura humana y una visita al supermercado del hotel para comprar las cosas que me había dejado en Madrid. Y, por supuesto, un batido de chocolate. Porque las calorías ingeridas después de una etapa de estas no cuentan. Eso lo sabe cualquier ciclista.

La anécdota del día la protagonizó la camarera del restaurante. Cuando descubrió que Jorge Martín estaba alojado allí, se le iluminaron los ojos. En cuanto consiguió hacerse una foto con él, aquello fue un espectáculo digno de ver. Solo le faltó pedirle el número de teléfono.

Al día siguiente tocaba Andorra. Yo todavía confiaba en que bajaran las temperaturas. La montaña, por desgracia, tenía otros planes para mí.



miércoles, 29 de julio de 2026

Transpirenaica - Día de viaje

Día 0: Rumbo a Roses, empieza la aventura

El día comenzó a las 4:30 a. m. Tocaba madrugar para coger un Uber hasta la estación de Atocha y subir al tren de las 7:30 con destino a Barcelona. Nada fuera de lo normal para mí; los que me conocen saben que los madrugones forman parte del plan casi siempre.

Lo que sí llevaba encima era una cierta intranquilidad. Era la primera vez que viajaba en tren con la bici dentro de una maleta específica. La había comprado apenas una semana antes y, aunque la bicicleta iba perfectamente protegida, tenía muchas dudas sobre cómo reaccionarían en los controles al verme aparecer con semejante "bulto". Porque pequeña, lo que se dice pequeña, no es precisamente.

En mis dos viajes anteriores había optado por la solución más cómoda: enviar la bici unos días antes con Nacex y olvidarme del asunto. Esta vez decidí probar una alternativa que, sobre el papel, parecía más sencilla.

Y ya en el control de acceso llegaron los primeros problemas.

La maleta no entraba por el escáner. Faltaban apenas dos o tres centímetros, pero suficiente para que empezaran las miradas de circunstancias y algún comentario de que, si no pasaba por allí, no pasaba al tren.

Por suerte, uno de los empleados decidió usar un poco el sentido común. Abrió la maleta, comprobó que efectivamente llevaba una bicicleta y me dio el visto bueno.

Hasta ahí, todo solucionado. O eso pensaba.

El mismo empleado vio que en mi otra maleta llevaba varias bombonas de CO₂ para reparar pinchazos y me explicó que no estaban permitidas en el tren. No tenía mucho sentido discutir, así que tocó asumirlo. Para la próxima, inflador eléctrico y asunto resuelto.

Lo curioso llegó cuando fui a depositar las cuatro o cinco bombonas en el contenedor correspondiente. El mismo empleado me dijo que se las diera a él, que ya las "guardaba". Y ese supuesto lugar seguro resultó ser... su bolsillo.

Digamos que fue una especie de "impuesto revolucionario" por haber hecho la vista gorda con la maleta de la bici.

Superado el control, aún quedaba otro pequeño capítulo.

Al acceder al tren, la sobrecargo me indicó que debía llevar la bici hasta el vagón número 4, bastante alejado del vagón 7, donde tenía mi asiento. Pensé que existiría un espacio específico para equipajes voluminosos, pero la realidad fue bastante distinta.

La gente pasaba continuamente por allí y las estanterías eran demasiado pequeñas para una maleta de ese tamaño. Así que decidí llevarla conmigo hasta mi vagón y dejarla junto a una puerta de emergencia, donde no estorbaba y podía vigilarla.

La tranquilidad duró poco.

Cuando la sobrecargo volvió a pasar, me dijo que aquello no podía quedarse allí y me acompañó personalmente al vagón 4. Movió varias maletas, reorganizó el equipaje y consiguió hacerle sitio. Incluso me permitió cambiar de asiento para viajar cerca de la bicicleta. Un detalle que agradecí muchísimo.

Y no era el único ciclista del tren.

Allí conocí a Pablo, que también viajaba a Roses para hacer la Transpirenaica, aunque con un grupo diferente, organizado por Gobik y Jorge Martín, de quien, sinceramente, hasta ese momento no tenía ni idea de quién era.

Quedaos con ese nombre y con ese grupo, porque durante toda la semana nuestros caminos se cruzarían una y otra vez.

Al llegar a Barcelona nos tocó esperar al resto del grupo para realizar el traslado hasta Roses, un viaje de unas dos horas por carretera.

Mientras esperaba, hubo algo que me llamó bastante la atención. A pesar de que era el día de la final del Mundial de fútbol, se veían muchas más camisetas de Argentina que de España.

Durante esa espera también conocí a José Antonio, más conocido como "El Profe", que iba a ser mi compañero de habitación durante toda la semana.

Conectamos prácticamente desde el primer minuto. Descubrimos que ambos conocíamos muy bien a Diego Ramos, amigo de los dos, lo que rompió el hielo de inmediato.

Además de ser una gran persona, José Antonio es un auténtico motor encima de la bicicleta. Sin ir más lejos, el día anterior había conseguido un tercer puesto en el Campeonato de España de XCO, celebrado en Arroyomolinos, dentro de su categoría de edad. Casi nada.

Cuando ya estábamos todos reunidos, me ocurrió una de las anécdotas más curiosas del viaje.

Vi a uno de los tres colombianos que venían con nosotros y fui directo a saludarle. Estaba convencido de que era Carlos, con quien había coincidido en Suiza en 2025.

Sin embargo, él me miraba con cara de no saber quién era yo.

Hasta que me dijo: Creo que tú conociste a mi hermano gemelo. Y ahí lo entendimos todo.

El Carlos que yo conocía estaba apenas un par de metros más allá y ni siquiera le había visto. Al final quedó en una anécdota que todavía hoy me hace gracia recordar.



Después de eso, solo quedaban las dos horas de carretera hasta Roses. Un trayecto que aproveché para seguir charlando con José Antonio y terminar de conocernos un poco mejor.

Al llegar al hotel —del que ya hablaré en otro artículo porque merece un capítulo aparte— tocó montar la bici, dejar todo preparado y salir a cenar.

Pero esa noche había una cita ineludible: la final del Mundial.

La vimos en un restaurante cercano al hotel, rodeados de argentinos, franceses y españoles. Disfrutamos muchísimo con la victoria de España, aunque para mí también fue un momento inevitablemente emotivo.


No podía dejar de acordarme de mi padre y de aquella final del Mundial de Sudáfrica en 2010 que vimos juntos en su casa. Hay recuerdos que nunca dejan de acompañarte.

Con la victoria celebrada y la bicicleta lista para empezar a rodar, solo quedaba una cosa por hacer: irse a dormir.

Al día siguiente empezaba, de verdad, la aventura de Mar a Mar.



lunes, 18 de agosto de 2025

Tour de Suiza - Dia 6 - Grosse Scheidegg y Mannlinchen

Y llegamos al final............por este año

Meiringen, ciudad donde estuve dos noches y ciudad desde donde partía la última etapa con dos puertos en el menú: Grosse Scheidegg y Mannlinchen.

La etapa del dia

Pero Meiringen es mucho más, cuentan ellos mismos, que en esta ciudad es donde se creó el merengue (y no me refiero a los madridistas) sino a ese postre que todos conocemos, de hecho, si te das un paseo por la ciudad, hay bastantes tiendas donde puedes encontrar este delicioso dulce de muchas formas. Nosotros en las dos cenas que tuvimos en el hotel, el postre era "merengue con algo", y estaba realmente delicioso.

Pero Meiringen es mucho más, dado que un tal Sir Arthur Conan Doyle, creador del personaje de Sherlock Holmes, el Doctor Watson y su némesis el profesor Moriarty, ambientó su última novela "El Problema Final" en esta población y en sus cataratas de Reichenbach, por lo que en esta ciudad podemos encontrar:

  • La Plaza Sir Arthur Conan Doyle
  • La Plaza de Sherlock Holmes
  • La estatua de Sherlock Holmes
  • El Museo de Sherlock Holmes
  • El Hotel Sherlock Holmes
  • El Bar Sherlock Holmes
  • Y el tren cremallera que te lleva a las cataratas de Reichenbach, donde se desarrolla "El Problema Final"
Hotel de Sherlock Holmes

El coche de Sherlock Holmes

La etapa como he indicado contaba con dos puertos, el Grosse Scheidegg y el Mannlinchen.

Del primer puerto no tenía dudas, había que subirlo si o si, porque las personas que conozco y todo lo que he leído al respecto, indicaban que era sin duda el puerto más bonito que uno podía subir en Suiza. Por paisaje, por carretera, por entorno...........por todo. Ojo y es un puerto de 16 kms a 8% de media. 

Pero del puerto de Mannlinchen, la cosa ya cambia y cuando uno vez que la pendiente media durante 14 kms es del 10%, había que pensarlo. Y eso hice, darle vueltas para ver si este puerto lo subía y finalmente decidí NO subirlo, por muchos motivos:

Por tanto, la decisión estaba tomada: solo subiría el primer puerto, me daría la vuelta para volver a Meiringen y tendría unas cuantas horas para hacer turismo, para ir a visitar el pueblo a fondo y todo lo relacionado con Sherlock Holmes, que era un reclamo bastante jugoso.

La estatua de Sherlock Holmes en la Plaza de Sherlock Holmes

Y, además, había otro factor que no sabía y me di cuenta este mismo día, el 1 de agosto, es la fiesta nacional de Suiza, por lo que toda la localidad estaba engalanada para la ocasión y había gente por todas partes. Algo increíble, los suizos.......¡¡de fiesta!!, pero vamos, su fiesta es estar en la plaza del pueblo tomando una cerveza sentados y charlando, nada de verbena, baile o charanga como en España.

Fiesta nacional de Suiza, el 1 de Agosto. Ya he vivido tambien el 4 de Julio en EEUU y el 14 de Julio en Francia.

Asi que a las 8.30 de la mañana, junto con el resto del grupo comenzamos la salida de la última etapa y en mi caso solo el primer puerto, el resto harían la etapa completa.

Este puerto del Grosse Scheidegg está considerada la carretera más bonita de Suiza, con 16 kms al 8% y un desnivel acumulado de cerca de 1.500 metros de desnivel y no ha decepcionado en absoluto.

La etapa comenzaba con apenas 1 km de llano y hale, para arriba 18 kms. Los primeros 2 kms, los que bajamos el día anterior del "repechito" de regalo y luego, giro a la derecha y 16 kms de puerto.

Este puerto, tiene 2 tramos bien diferenciados. Un primer tramo de 8 kms con buenas pendientes, en su mayoría entre bosques, praderas, cascadas y curvas muy abiertas, para pasar a un segundo tramo, desde el cual, ya los coches no pueden pasar, y a partir de ahi sus rampas son de consideración. Además, la carretera es muy estrecha y serpenteante, que tiene el ancho justo para coche o un autobús y esto lo complica un poco.

Ademas existe un servicio de autobús y estos, tiene absoluta prioridad tanto bajando como subiendo, y cuando llegan a un tramo de poca visibilidad, llevan una bocina con un volumen tremendo, y no es un simple bocinazo, es como la música de las verbenas de pueblo y se oye desde mucha distancia. Esto lo hacen para que todos los coches (hasta el primer tramo) se aparten o incluso que los que subimos en bici, nos echemos a un lado. Muy curioso y pintoresco.

Servicio de autobuses del Grosse Scheidegg.Foto de Rubén Fueyo @rubenfueyofotografo

Yo desde el principio, como no iba a hacer la etapa completa, levanté mucho el pie, y directamente me quedé el ultimo a posta, para subir a mi ritmo, incluso sin llegar a pararme, poder hacer fotos durante la subida, ya que insisto, la subida era espectacular.

Esta subida, va por la parte de abajo del Eiger, una montaña muy famosa entre escaladores, dado que es considerada una de las escaladas más difíciles del mundo, concretamente su pared vertical a la cual la llaman la “pared asesina”, por la cantidad de escaladores que han perdido la vida ahí en los últimos años.

Esta montaña tiene sus particularidades, como un par de estaciones de tren dentro de la propia montaña y acceso a una serie de túneles, que dan acceso a esta “pared asesina” para el rescate de escaladores. Esto se puede apreciar muy bien en la película de Clint EastwoodLicencia para matar

Una vez llegado al comienzo de la segunda parte, una vez pasado un tramo de descanso simplemente espectacular, es desde este sitio desde donde los coches no pueden continuar y el que quiera subir tiene 3 opciones: andando, autobús o en bici, pero durante el primer kilómetro te comes una rampa constante del 16%, y el resto de esta segunda puerta, no baja prácticamente en ningún momento del 8%. 

Ni que decir tiene, que esta segunda parte es igual de curveada, praderas y árboles, con montañas a ambos lados, y sin lugar a duda, la subida más bonita de toda la semana. 

Como dificultad añadida, esta el tema de los autobuses, que hubo varias ocasiones que me pillaron subiendo o bajando, por lo que, para no echar pie a tierra, me salía de la carretera por el borde y seguía pedaleando por la tierra, y es que los autobuses, literalmente ni frenan ni hacen por apartarse o hacer sitio para que quepas tu tambien, sencillamente no es su problema. Cosas de suizos.

Al llegar arriba, solo me encontré a Rubén nuestro fotógrafo ya que el resto, continuaron con la etapa, la que terminaron cerca de las 7 de la tarde. 

Última rampa del Grosse Scheidegg y de la aventura suiza.Foto de Rubén Fueyo @rubenfueyofotografo

Arriba, pude abrigarme con la ropa que Rubén nos había subido andando desde donde no se permitía el paso a los coches, 

Para terminar, la anécdota del día. Arriba un suizo que había subido en bicicleta eléctrica (sin comentarios al respecto) me preguntó si tenia una bomba para hinchar la rueda trasera, pero yo de eso no llevo. Sin embargo, le dije que trajera la bicicleta hasta donde yo estaba, sacando la bombona de aire comprimido y le inflé la rueda en apenas 5 segundos. Su cara fue un poema, porque nunca, me dijo, que había visto algo así y me pidió la bombona gastada para enseñarla en su tienda de bicis. Como contrapartida, le pedí que me hiciera la foto en el cartel del hotel de la cima, por que alli no había cartel.

Foto de rigor en el último puerto, donde no hay cartel.

Luego tocaba ya bajar, que lo hice muy tranquilo y parando las veces que fuera necesario, no para hacer fotos, ya que aunque las hubiera hecho no habrían hecho justicia al precioso sitio que veía, simplemente me quedaba contemplándolo unos minutos para que se grabara bien en mi retina. 

Espectaculares vistas desde el puerto

Al fondo, no se ve bien, el Eiger

Una vez ya en el hotel, cambio de ropa y ducha rápida, estando a las 12:30 listo para la acción, había que aprovechar la tarde. 

Lo primero, salir hacia el tren para las cascadas de Reichenbach, que justo estaba en la otra punta del pueblo, cerca de 1,5 km andando.  Y una vez alli, 7 minutos de tren cremallera para llegar a una plataforma que estaba en la base de la cascada, que era realmente impresionante.

Tren a las cascadas de Reichenbach

El tren cremallera

La cascada donde se "supone" que murio Sherlock Holmes

Pero lo mejor era que desde ese punto había una escalinata de cerca de 2.000 escalones que te podía hacer llegar a la parte de arriba de la cascada, con dos miradores intermedios. Por supuesto, a pesar del cansancio acumulado de toda la semana, tocaba subir esos escalones, por medio de un bosque paralelo a la cascada. Ni que decir tiene, que me costó un mundo subir, pero solo iba a estar alli una vez en la vida, asi que había que aprovechar. Y mereció la pena.

Escalinata de 2.000 peldaños para ir hasta arriba de la cascada

Placa que indica el lugar exacto donde se "supone" murió Sherlock Holmes

Luego ya la bajada fue mucho más suave incluido el tren cremallera. Ya una vez abajo, tocaba ir al museo de Sherlock Holmes, que estaba en la plaza del mismo nombre y con una estatua en su honor. Y dado que era la fiesta nacional suiza, en aquella plaza se encontraba todo el pueblo de Meiringen, todos alli con cerveza en mano y esta vez sí, cantando al son de unos músicos que había por alli.

Después, otro paseo para ir a ver dos cosas más, el castillo en ruinas del Restiturm, que esta en una elevación sobre el pueblo, que desde alli proporciona una vista del valle, la cascada y el pueblo realmente bonita, y además, justo a los pies este castillo, que realmente es una única torre, hay un jardín con árboles, césped y bancos, donde no pude resistirme y con el cansando acumulado, me tumbé bajo un árbol a echarme una siesta que me sentó de maravilla.

Castillo del Restiturm

Un rato después, y ya camino del hotel, pase a visitar la Iglesia de San Miguel, que aunque sea protestante, realmente merecía la pena, sobre todo la torre del campanario y estaba rodeada de las típicas casas suizas de madera con flores y jardines. Una preciosidad.

Campanario de la Iglesia de San Miguel

Poco después, era la hora de la cena y comenzaban los preparativos para el regreso, entre otros en volver a meter la bici en la caja para la vuelta a España, que la Ridley al igual que en Austria se ha portado muy bien aportándome mucha fiabilidad en todos los sentidos.

Ya tocaba pensar en volver a casa con mi familia y procesar todo lo vivido esta semana, y por supuesto, ir pensando en la próxima aventura y sacar conclusiones, que esas irán en el próximo y último post de Suiza.

Los datos del Strava

El recorrido del día

jueves, 14 de agosto de 2025

Tour de Suiza - Dia 5 - Sustenpass, Grimselpass y Oberarrsee

Mi mejor día.

Ya empieza a vislumbrarse el final de la semana suiza, y hoy tocaba la etapa 5 con los puertos del Sustenpass y el Grimselpass con su prolongación hasta la presa de Oberaarsee.

La etapa del día

Este día, después del pajarón del día anterior, me levanté con un hambre tremendo, algo lógico después de dejar el día anterior el cuerpo con el deposito vacío y como suele ser habitual, el día siguiente a una cosa así, suele ser bastante bueno, ya que todo lo que le metes al cuerpo de combustible, se aprovecha al 100% y llenas el depósito a tope.

Comenzamos el día con cambio de localidad, salimos de Andermatt para ir a Meiringen, donde pasaríamos las dos siguientes noches, pero para ello, primero comenzamos con un ligero descenso de 10 kms hasta la localidad de Wassen, donde comienza el primer puerto de la jornada, el Sustenpass.

Pero antes, los primeros 10 kilómetros tienen su aquel. Para comenzar durante estos 10 kms iniciales, existe un carril bici estupendo totalmente ajeno a la carretera principal, que a tramos iba por encima de las galerías de la carretera. Este carril bici, era el trazado original de la carretera que tenía en su trazado su famoso “Puente del Diablo”.

Famoso Túnel del Diablo, por abajo los ciclistas, por arriba la carretera para los coches.

Este sitio ya lo tenía localizado en el radar, para poder verlo. Este puente tiene su historia, no exento de polémica y leyenda. 

Justo a la entrada del túnel, por donde pasan los coches, hay pintados dos símbolos del diablo, pero justo debajo, existe una escultura de San Gotardo como una especie de altar a este santo, supongo que para contrarrestar un poco entre el bien y mal. 

Además, justo a lado de esta escultura, existe la entrada a un bunker del ejercito suizo en plena montaña, que dicho sea de paso, de libre acceso y visita. Y tambien el entorno es precioso, con un cañón entre montañas, su debido río, con sus cascadas. En esta zona, un puesto de vigilancia con un par de policías suizos por allí, vigilando el lugar, por eso de la polémica y leyenda previamente comentada. Gente pirada e imbécil hay por todas partes.

Entorno del Puente del Diablo.

Vista completa del Puente del Diablo, donde se ve la figura pintada en la pared, la entrada al túnel y por debajo el trazado original, que ahora es la vía ciclista. Y en medio, se pude ver la entrada al bunker del ejercito. 

Una vez bajado este tramo de 10 kms, que en realidad es como un puerto en sentido contrario, por un estupendo carril bici, ancho y magnificamente bien cuidado, llegamos a Wassen, para comenzar el Sustenpass, que dicho sea de paso, un puerto bastante duro, pero muy corto, pero claro, si lo comparas con el monstruo del puerto de Nufenen del día anterior, ya cualquier cosa, te parece un paseo.

Apenas 17 kilómetros de nada de subida, con sus correspondientes curvas de herradura, haciendo así, que con todas las curvas de este tipo que he hecho en este viaje, ya tengo para toda una vida. 

Primeros compases de la subida al Sustenpass.Foto de Rubén Fueyo @rubenfueyofotografo

El puerto comenzaba suave, pero poco a poco se iba endureciendose, donde al final y como siempre cada uno a su ritmo para arriba del todo, hacer reagrupamiento. Lo mas duro del puerto, es cuando quedan 3-4 kilómetros para la cima, donde hay una recta larguísima hasta el final que para ponerle un poco más de picante, como no, con el viento de cara y con la temperatura desplomada. Vamos, lo habitual durante toda la semana: nubes, frio y viento.

Puerto del Sustenpass, otro para la colección

Una vez arriba, la foto de rigor y para abajo, esta vez con muchísima precaución por el suelo mojado y bajando el último del grupo durante todo el descenso, algo que no había sido así en los días anteriores, no era plan de arriesgar más de lo debido. 

Una vez llegada a la población de Innertkirchen, avituallamiento para soltar ropa y a subir el Grimselpass. Además, se da la circunstancia que era subir y bajar por el mismo sitio, es decir, si en este pueblo, uno quería ir a Meiringen, lo tenías a 10 kms dando finalizada la etapa. O bien, si subiendo este puerto, te quedas sin fuerzas o sin ganas, lo tenias tan fácil como darte la vuelta y listo.

Ademas, cuando comenzamos el puerto, el track del recorrido indicaba que la subida total eran 34 kms de puerto, pero este dato tenía truco que descubrimos cuando llegamos arriba. Resulta que llegar a la cima del puerto como tal, “solo” eran 26 kilómetros, mientras que los 8 restantes eran la prolongación hasta la presa de Oberaarsee, que es hasta donde indicaba el track y la subida de los 34 kms.

En cuanto a la subida al Grimselpass y su prolongación, como tal, lo podríamos describir como “la subida de las cuatro presas”. Por que tiene como 4 escalones bastante diferenciados con sus correspondientes 4 presas. Y he dicho bien, cuatro presas, todas enormes y hasta arriba de agua. 

El primer tramo, hasta la primera presa, unos 17 kms que no excedían del 5-6%, es decir, un puerto muy mantenido, que a mi personalmente es de los que me gustan, por que son de fuerza y ahí me desenvuelvo bastante bien, es decir, aguanto el tipo.

Pero la cosa cambia cuando ya los porcentajes empiezan a subir del 8% en adelante, que ahí hago aguas por todas partes. 

Por tanto, estos 17 kms los subimos todos juntos a buen ritmo, pero solo seis de los 7 aventureros, dado que mi compañero de habitación, en Innertkirchen, dijo que nanay y se fue para Meiringen directo. 

Ya a partir de este kilómetro 17 de subida, y pensando que aún quedaban hasta el Grimsel otros 17 más (craso error), cada uno ya iba a su ritmo para arriba. Culminando este primer tramo en una impresionante primera presa, donde había otro avituallamiento del que yo, pasé olímpicamente y seguí para arriba a mi ritmo aprovechando ese tramo de descanso.

En las rampas del Grimselpass.Foto de Rubén Fueyo @rubenfueyofotografo

Comenzando el segundo escalón, veías claramente el objetivo, dado que se ve perfectamente la trazada de la carretera, culminando en una segunda presa, y en medio de esta, se ubica el hospicio del Grimsel, que desde arriba, es simplemente espectacular y desde donde sale un teleférico con destino a la presa del glaciar del Oberaarsee, que era el destino final. En la actualidad, este hospicio es un hotel de cuatro estrellas, a 300 euros y pico lo noche.+, lo que se dice al alcance de todos los bolsillos.

Vista del Hospicio (ahora un hotel) del Grimsel.

Una vez pasado este tramo, a por el último escalón del puerto, que culmina en otra presa, la del Grimselpass propiamente dicha, que al igual que la anterior, ves perfectamente toda la trazada hasta arriba.

Ya en este tramo, a mis las cuentas no me salían y la montaña tampoco, por que se veía claramente que arriba de este tramo terminaba el puerto y no se apreciaba más montaña para subir, aparte que llegaría en el kilómetro 26 y me faltaba “puerto”. 

Tramo final antes de llegar al Grimselpass

Puerto del Grimselpass

Cuando llegué arriba, estaban algunos en el avituallamiento y yo sin parar, continué por la carretera que se dirigía a la presa de Oberaarsee, por la cual, si quieres pasar con tu coche, tienes que pasar por caja. 

Presa de Oberaarsee, el fin de la etapa y había que ir hasta el final de la misma.

Una carretera muy estrecha, pero que te brindaba unas vistas del hospicio del Grimselpass impresionantes, asi como la cola de este embalse y el glaciar que se vislumbraba al fondo, todo rodeado de un conjunto de montañas altísimas, junto con un lago a sus pies y la cuarta presa del recorrido. Indescriptible.

La carretera del acceso a la presa del Oberaarsee. Una de las más bonitas de Suiza.

Sin duda alguna, este tramo lo disfruté muchísimo, iba muy bien a mi ritmo, totalmente solo, sin coches, sin nadie a mi alrededor y era el único del grupo que estaba subiendo por alli. 

De hecho, la carretera culminaba en la misma presa de Oberaarsee y llegué hasta el final de esta, donde ya no había más carretera, y si o si, tenías que darte la vuelta. Dicho esto, el UNICO del grupo que hizo la etapa completa. 

Presa de Oberaarsee, haciendo la etapa hasta el mismísimo final.

Glaciar del Oberaarsee, simplemente espectacular. La foto no hace justicia, hay que verlo.

Arriba, las vistas del glaciar, rodeado de estas montañas, simplemente espectaculares. Ya en la bajada, a medio camino me encontré con Roberto y Nacho, que si que había subido por esta carretera, pero no la habían hecho completa. 

Nos juntamos los tres y fuimos juntos al Grimsel de nuevo, para rodear el lago y asomarnos un poco a la otra vertiente, esa que vimos el día anterior desde la cima y la bajada del Furka.

Luego, los tres juntos bajamos muy tranquilos hasta Innertkirchen, donde quedaban los 10 kilómetros finales. Eso sí, con sorpresita final de un “repechito” de casi 2 kms que después de haber subido todo lo que habíamos subido, te temblaban las piernas, pero bueno, no se subió mal. Lo subimos a ritmo los tres tan amigos, para culminar este "regalito final" y bajar ya sin dar pedales todo recto hasta Meiringen y directos al hotel Meiringen, que estaba en pleno centro.

Cierto, que esta etapa se nos fue a las 7:30 sobre la bici, pero acabé tan bien, que si tenía que hacer mas kilómetros, los hacia sin problemas. Lo que comenté al principio del post, la compensación de la pájara del día anterior para mi mejor día de la semana sobre la bici.

Por otro lado, apenas tuve tiempo de darme un paseo por la ciudad antes de cenar, pero no me preocupaba, tenía algo en mente desde hace varios días que iba a poner en marcha al día siguiente, en la última etapa para remediar esta situación.

Elemental querido Watson.......

Los datos del strava

El recorrido del día