jueves, 30 de julio de 2026

Transpirenaica - Etapa 1 - Col de Caselles y Coll de Canes

Y llegó el día: primera etapa de la Transpirenaica de Mar a Mar 2026 y, por consiguiente, primer atracón en el desayuno. La etapa era, en teoría, una simple toma de contacto con la montaña y, sobre el papel, tampoco parecía especialmente dura. Ya sabemos lo peligrosas que son esas cuatro palabras: "es una etapa suave".



Salimos a las 8:45, aunque antes casi estrenamos la aventura de la peor manera. En la puerta donde habíamos guardado las bicicletas nos esperaba un nido de avispas del tamaño de un apartamento turístico. Después del correspondiente rodeo —porque ninguno tenía vocación de apicultor—, por fin comenzó la aventura.


Los primeros kilómetros fueron bastante feos: mucho llano, mucho tráfico y pocas alegrías. No fue hasta el kilómetro 31 cuando dejamos la carretera principal y nos desviamos hacia Banyoles. Ahí sí. Carreteras tranquilas, un continuo sube y baja y la sensación de que, por fin, aquello empezaba a parecerse a la Transpirenaica que todos teníamos en la cabeza.

Como suele ocurrir, algunos decidieron que era un buen momento para empezar a repartir "amor" a base de vatios. Yo, en cambio, llevaba una estrategia mucho más sofisticada: sobrevivir.

Porque el calor ya empezaba a apretar y, cuando el mercurio se dispara, mi cuerpo entra en modo ahorro de energía. 


Ese día confirmé algo que sospechaba desde hacía tiempo. El verdadero enemigo de esta Transpirenaica no iban a ser los puertos. Ni siquiera los kilómetros. Mi archienemigo iba a ser el calor. Contra eso no hay desarrollo aerodinámico que valga.

Lo notaba enseguida. El pulso iba más alto de lo normal, las piernas respondían con la misma alegría que un funcionario un viernes a las dos y cualquier repecho parecía tener intereses personales conmigo.

Llegó el Coll de Caselles y me puse a hacer lo único inteligente que podía hacer: olvidarme de todo el mundo y subir a mi ritmo. Total, si intentaba seguir a los buenos, iba a durar exactamente lo que un helado en agosto.

A mitad de puerto nos esperaba el primer avituallamiento, al que llegué completamente seco. Más que beber agua, creo que la absorbí por ósmosis.

Y allí aparecieron nuestros inesperados compañeros de viaje: los "Martineitors". El grupo de Gobik, con Jorge Martín entre sus filas, nos adelantó como si nosotros estuviéramos haciendo turismo y ellos hubieran quedado para comer. Además, también nos cruzamos con el Education First al completo. Uno mira esas piernas y entiende rápidamente por qué unos viven de montar en bici... y otros pagamos por sufrir encima de ella.

Después del avituallamiento salí antes que el resto. No porque fuera más fuerte, sino porque ya sabía que me iban a coger igualmente. Así al menos disfrutaba unos kilómetros de falsa sensación de superioridad.

Coroné el primer puerto en el kilómetro 79 y tocaba bajar hasta Olot para afrontar el Coll de Canes. Trece kilómetros de subida y luego, en teoría, dieciséis de bajada hasta Ripoll.

Lo de "en teoría" también tiene mucha trampa.

El Coll de Canes lo empecé, cómo no, a mi ritmo. Me adelantaron Pepín, Javi y el Profe, inmersos en su guerra por los puntos de la montaña. Yo estaba inmerso en otra bastante más importante: conseguir llegar arriba sin que me tuvieran que regar como a una maceta.

Poco después apareció Pablo, al que había conocido el día anterior en el tren, y me pasó como un cochete.

Mientras tanto, el Garmin marcaba más de 40 grados. Yo no sé si aquello era una carretera o una freidora de aire. El puerto no era especialmente duro, pero con ese calor cada curva parecía venir con pendiente de regalo. 

A falta de tres kilómetros apareció un cartel del Coll de Coubet. Puerto no catalogado, pero cartel había. Así que foto obligatoria. Los ciclistas somos así: vemos un cartel de puerto y perdemos el sentido común. 


Mientras posaba, me adelantaron otros tres Martineitors. Entonces me fijé en que uno llevaba las franjas de campeón del mundo. Más tarde me enteré de que era Jorge Martín. Hasta ese momento ni me había dado cuenta. Bastante esfuerzo estaba haciendo para mantenerme con vida como para andar fijándome en quién me adelantaba... que, por otra parte, era prácticamente todo el mundo.

Coroné el puerto en modo "pollo asado". 


Mientras recuperaba algo de dignidad en el avituallamiento, solo quedaba la bajada. Eso sí, de esas bajadas mentirosas que obligan a seguir pedaleando cuando tú ya habías desconectado mentalmente las piernas.

En el hotel coincidimos, por casualidad, con los Martineitors. Tocaba recuperar con una buena comida, un chapuzón en la piscina para volver a tener temperatura humana y una visita al supermercado del hotel para comprar las cosas que me había dejado en Madrid. Y, por supuesto, un batido de chocolate. Porque las calorías ingeridas después de una etapa de estas no cuentan. Eso lo sabe cualquier ciclista.

La anécdota del día la protagonizó la camarera del restaurante. Cuando descubrió que Jorge Martín estaba alojado allí, se le iluminaron los ojos. En cuanto consiguió hacerse una foto con él, aquello fue un espectáculo digno de ver. Solo le faltó pedirle el número de teléfono.

Al día siguiente tocaba Andorra. Yo todavía confiaba en que bajaran las temperaturas. La montaña, por desgracia, tenía otros planes para mí.



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