Y lo mejor de todo era que por fin tocaba salir de Andorra, que creo haber dejado bastante claro que no me gustó absolutamente nada.
Esta etapa me imponía muchísimo respeto. Aunque solo había dos puertos importantes (el Cantó y la Bonaigua), este último me preocupaba especialmente por las previsibles altas temperaturas. Y, desde luego, no decepcionó.
La salida de Andorra fue bastante "guarra" hasta la frontera: todo en bajada, entre camiones, coches, autobuses, un carril bici de auténtica pena… En definitiva, toda una odisea (y no me refiero a la película de Christopher Nolan). Lo dicho: un auténtico asco.
Por fin conseguimos salir de Andorra. La carretera hasta La Seu d'Urgell todavía tenía bastante tráfico, pero al girar hacia Adrall la situación mejoró mucho. Como hasta ese pueblo era prácticamente todo descenso, el grupo rodó cómodo y a buen ritmo. Sin embargo, allí comenzaba el primer coloso del día: el Port del Cantó.
El inicio de este puerto es durísimo. Desde el primer minuto tocó poner mi ritmo y subir sin mirar atrás, demostrando, una vez más, que montar un 36x30 para un viaje como este había sido una decisión completamente equivocada. Pero era lo que había.
El puerto puede dividirse perfectamente en tres tramos para completar sus 23 kilómetros. Un primer tramo muy exigente, un segundo donde la pendiente suaviza, aunque sigue siendo considerable, y un último tramo mucho más amable, con zonas donde incluso se puede meter el plato porque la inclinación apenas se nota.
Como curiosidad, volví a ver varios coches pintados en "modo cebra", igual que en Austria hace dos años durante la etapa del puerto de Sölden. Comentándolo con los compañeros, al parecer algunas marcas utilizan este puerto para probar nuevos vehículos y ese camuflaje sirve para ocultar ciertos detalles del diseño.
Después de algo más de una hora conseguí coronar el puerto y comenzó la liturgia habitual: foto de rigor, comer algo y lanzarnos hacia abajo. En mi caso, todo el tiempo que me sacan subiendo intento recuperarlo bajando, aprovechando además para coger velocidad y algo de ventaja antes del siguiente puerto.
También hay que decir que el descenso hasta Sort —sí, el pueblo famoso por la Lotería de Navidad— tiene un asfalto lamentable. Es una auténtica pena ver las carreteras en ese estado, aunque, visto lo visto durante el viaje, ya no sorprende a nadie.
Desde Sort nos esperaban unos 20 kilómetros por el desfiladero hasta Esterri d'Àneu. Fueron realmente pestosos y, para colmo, tuvimos que detenernos un par de veces por sendos pinchazos. En los últimos diez kilómetros me puse a tirar de un par de compañeros, Profe y Javi, para llegar con algo de ventaja al inicio del puerto. En mi caso, el calor ya empezaba a apretar y cuanto antes comenzara la subida, mejor.
Y el comienzo no fue precisamente el deseado.
Como ya he comentado alguna vez, el calor me sienta fatal. La Bonaigua empezaba con casi dos kilómetros larguísimos, completamente expuestos al sol, sin una sola sombra y, además, con el primer tramo sobre un viaducto que se me hizo más largo que un día sin pan. Sencillamente, lo estaba pasando realmente mal.
Pero, como suele decirse, a grandes males, grandes remedios.
Y entonces apareció la oportunidad.
Casi terminando ese tramo inicial vi, a la derecha de la carretera, un prado completamente verde con un magnífico aspersor regándolo. Ni me lo pensé. Dejé la bicicleta junto a la valla, saqué el móvil para que no se mojara y, completamente vestido y con los brazos abiertos, me planté debajo del chorro para empaparme por completo, por delante y por detrás.
Allí estuve al menos un par de minutos. Mi temperatura corporal bajó muchísimo y aquella ducha improvisada me sentó de maravilla.
Todavía chorreando agua, volví a subirme a la bicicleta para afrontar los 15 kilómetros restantes de la Bonaigua.
A partir de ese momento las sensaciones cambiaron por completo. Me encontraba mucho mejor. Es verdad que el ir completamente empapado apenas duró unos diez minutos, pero la ropa conservó el frescor casi hasta la cima. A eso ayudó también que el tramo final discurría entre una interminable sucesión de curvas de herradura y bajo un enorme nubarrón que amenazaba tormenta, aunque finalmente no descargó.
Gracias a la combinación de todas estas circunstancias pude llegar arriba sin mayores problemas, aunque alguno de los compañeros tuvo que subirse a la furgoneta en los últimos kilómetros por culpa del calor y de los porcentajes del puerto.
Hay que reconocer que el tramo final de la Bonaigua, especialmente los últimos cinco kilómetros con todas esas curvas de herradura, le da muchísimo encanto al puerto. Visualmente ayuda mucho a afrontar la parte final de la ascensión.
Además, durante la subida volvimos a cruzarnos con los "Martineitors", que, como ya he comentado, fueron casi compañeros de viaje durante prácticamente todos los días.
Una vez coronado, tocaba disfrutar del descenso hasta Salardú, pasando por la estación de Baqueira Beret. La conocía ligeramente porque estuve allí hace muchísimos años —por lo menos treinta y cinco— con mis padres, intentando esquiar. Digo intentando porque recuerdo que apenas había nieve.
Así que tiene su gracia volver a pasar por allí, esta vez encima de una bicicleta, tantas décadas después.
Y, al igual que ocurría en el Cantó, la carretera volvía a estar hecha un auténtico desastre, al menos hasta la estación de Baqueira. Da la sensación de que el firme solo se cuida hasta donde llegan los coches de los esquiadores; a partir de ahí, el abandono es absoluto. Otra vergüenza más, aunque, insisto, ya no sorprende demasiado.
Ya en Salardú, hay que reconocer que el hotel era una auténtica maravilla. Muy bonito en verano y seguro que todavía más en invierno, con la nieve y el calor de la chimenea. Fue todo un acierto, igual que el propio pueblo, que creo sinceramente que merece mucho la pena visitar.
Nada más llegar, mi compañero de habitación, José Antonio, y yo salimos desesperados a buscar algo de comer, porque todavía faltaba bastante para la cena. Encontramos un bar donde unos buenos pinchos de tortilla y unas raciones de patatas bravas nos supieron a gloria. Poco después fueron llegando el resto de los compañeros y, literalmente, entre todos "asaltamos", en el buen sentido de la palabra, las pocas raciones que aún le quedaban al local.
Después me acerqué a la iglesia del pueblo. Es muy bonita, tanto por dentro como por el entorno que la rodea. Me senté un buen rato en su jardín, a la sombra de un árbol, escuchando el sonido del agua de la fuente, que además estaba buenísima y salía helada. Se estaba tan a gusto que terminé tumbándome un rato en un banco para echar una siesta corta, pero tremendamente reparadora.
Después llegó la cena en un restaurante del pueblo, donde, como era de esperar, arrasamos con todo.
Y a dormir.
Al día siguiente comenzaban las dos etapas de auténtico "terreno Tour de Francia".





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