Tocaba la 5.ª etapa, y con cuatro puertos míticos en el menú: Tourmalet, Luz Ardiden, Soulor y Aubisque. Ahí es nada. Aunque Luz Ardiden algunos decidimos no hacerlo. En mi caso, por dos razones: la primera, porque es un puerto que ya había subido varias veces (sin ir más lejos, el año pasado con mi hijo); y la segunda, porque no formaba parte de la Transpirenaica como tal, ya que este puerto se subía y se bajaba expresamente. Además, fuimos varios los que tomamos esta decisión y, visto lo que pasó después, fue todo un acierto. Pero no adelantemos acontecimientos.
Otro de los motivos era el Soulor. Con los calores que estábamos teniendo y siendo un puerto muy largo y a pleno sol…, me preocupaba. Era el verdadero «coco» del día. Pero vayamos por partes.
El día comenzó con un desayuno un poco justo para lo que teníamos por delante. Además, yo tenía en la cabeza que era un día especialmente señalado, ya que se cumplían seis meses justos del fallecimiento de mi padre y el recuerdo estaba muy presente. Ir al sitio más mítico del Pirineo en modo ciclista y, además, hacerlo con la bici que me regaló él, digamos que para mí era un cóctel difícil de gestionar y de digerir. Así que, desde que me levanté, tenía un nudo en el estómago.
La salida de la etapa comenzaba con cero metros de llano. Era salir del hotel y, hala, para arriba: 18 kilómetros. Al menos para mí, por la vertiente «fea» del Tourmalet. Siempre me ha gustado más la vertiente de Luz-Saint-Sauveur, y este puerto lo habré subido ya por lo menos quince veces en los últimos veinte años.
Antes de comenzar la subida, paramos todos un momento a coger agua en la famosa fuente de Sainte-Marie-de-Campan, la misma donde, en las primeras ediciones del Tour, todos los corredores paraban a rellenar los bidones. Y, dicho sea de paso, el agua salía asquerosamente caliente. Mal empezábamos.
Comencé la subida a mi ritmo y, desde el primer minuto, me di cuenta de que las piernas no iban y la cabeza tampoco. Durante toda la ascensión fui literalmente cruzado. He de reconocer que no dejaba de pensar en mi padre y eso me vino abajo por completo. Iba tan mal que bajarme de la bici y subirme a la furgoneta se me pasó varias veces por la cabeza. Pero hice de tripas corazón y seguí subiendo a mi ritmo, mucho más lento de lo habitual, mientras veía las pintadas del suelo que la gente había hecho durante el paso del Tour de Francia este año apenas 10 días antes.
Cuando por fin conseguí llegar arriba, no pude evitar apartarme un poco para que nadie me viera echarme a llorar desconsoladamente durante unos minutos.
En cierto modo, aquello hasta me vino bien, porque todo lo que llevaba dentro por fin salió. Ese momento, gracias al fotógrafo de la Transpirenaica, Rubén Fueyo, quedó inmortalizado, ya que era el único que sabía lo que me estaba pasando. Pero el cuerpo lo estaba sufriendo y aquella crisis me duró todo el día. Las piernas no respondieron en ningún momento y, claro, pasó lo que tenía que pasar.
Después de unas dolorosas fotos en la cima del puerto, tocaba descender hasta Luz, donde paramos a tomar algo. Posteriormente seguimos hasta Argelès-Gazost, donde comenzaba el Soulor, el verdadero calvario del día: diecinueve kilómetros a pleno sol y con la calorina que estaba haciendo. Se mascaba la tragedia.
El Soulor comienza con unos cuatro kilómetros bastante duros, dando paso después a ocho kilómetros de falso llano muy llevaderos, para terminar con los siete finales, que son el puerto de verdad y donde se concentra lo más duro de la subida.
Así que los primeros cuatro kilómetros te ponen a tono y los ocho siguientes, literalmente, te ponen en modo «huevo cocido». En este tramo, en el pueblo de Aucun, había una fuente que me dio un respiro. En cuanto la vi, me metí prácticamente entero para refrescarme de arriba abajo. Tal era el calor que hacía.
Y, como hice dos días antes en la Bonaigua, seguí mi camino chorreando encima de la bici. Pero, a diferencia de aquella vez, el frescor apenas duró diez minutos. No había ni una sola nube, así que el efecto refrescante desapareció muy rápido, justo cuando comenzaban los siete kilómetros finales del puerto.
Y desde ese punto hasta la cima fue una agonía de principio a fin. Las piernas no iban, la cabeza tampoco; iba completamente bloqueado. Y si, además, a mitad del puerto te encuentras una rampa del 18 %, se te viene el mundo encima. Pero aguanté y conseguí coronarlo, llegando arriba totalmente roto.
En la cima estaban Ramón, Rubén, Felipe y alguno más. Así que, en el restaurante de allí arriba, tocaba reponer fuerzas. Entré y cogí lo primero que vi: un par de trozos de tarta y varios refrescos de té, que me sentaron de maravilla.
De hecho, me sentaron tan bien que ya podía afrontar con garantías el tramo final por el Circo de Litor, la espectacular carretera que conduce al Aubisque, mucho más sencilla y, dicho sea de paso, uno de los tramos más bonitos de todo el Pirineo.
Además, entre la comida y la conversación con los compañeros, mi cabeza también hizo «clic» y se despejó por completo. Realmente lo necesitaba.
Reanudé la marcha camino del Aubisque y tanto el cuerpo como la cabeza habían cambiado por completo. La subida hasta la cima la hice sin mayores problemas. Tampoco es que fuera como un cohete, pero sí mucho mejor que en el Tourmalet y el Soulor.
Salí unos minutos antes que los demás porque, al ir tan apajarado, no quería retrasarme demasiado. Pero el caso es que llegué al Aubisque el primero y sin nadie respirándome en el cogote, así que tuve tiempo de tomarme algo mientras esperaba al resto.
Después tocaba descender hasta la estación de esquí de Gourette, donde teníamos el hotel. Una vez allí, tocaba descansar mientras veíamos la subida al Alpe d'Huez de Pogačar (sí, otro puerto que también he subido). Pero el tema de este extraterrestre lo dejamos para otro día, porque huele mal y no quiero irme por los cerros de Úbeda.
Al día siguiente nos esperaba la verdadera etapa reina: Marie-Blanque, Piedra de San Martín y Larrau. Todo ello por el Pirineo navarro, una zona preciosa y también muy, muy dura para el ciclismo. Pero esa tarde tocaba descansar y dormir. No adelantemos acontecimientos.





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