Tocaba hoy la 6.ª etapa, para mí la verdadera etapa reina de la Transpirenaica, que transcurría casi en su totalidad por el Pirineo navarro, con los puertos de Marie-Blanque, Ichère, Labays, Piedra de San Martín, Laza y Larrau. Casi nada, para un total cercano a los 4.000 metros de desnivel. Una auténtica burrada.
Además, muchas de las carreteras por las que íbamos a pasar discurrían por lugares muy aislados y solitarios, ideales para la práctica del ciclismo de carretera, aunque también nos encontramos alguna emboscada digna de mención.
Aquella mañana nos levantamos en la estación de esquí de Gourette con una densa niebla y bastante frío, algo que a mí me puso muy contento, ya que en esas condiciones es cuando mejor suelo rendir, sea cual sea el terreno. Quizá sea porque me he acostumbrado demasiado al tiempo que suele hacer en las carreras de ciclocross que llevo tantos años practicando.
Este hecho nos obligó a hacer el descenso hasta Laruns algo más abrigados. En mi caso, con el chubasquero y los manguitos fue más que suficiente. Hacía fresco, pero tampoco tanto como en el viaje a Suiza de 2025, donde sí que tuvimos que abrigarnos de verdad en algunos descensos.
Una vez completado el descenso hasta Laruns, la temperatura subió ligeramente, situándose en torno a los 18-20 grados, y el día seguía completamente nublado, por lo que las condiciones para afrontar la etapa eran simplemente ideales.
Tras ese descenso llegaba el primer coloso del día: el Col de Marie-Blanque. Si bien es cierto que la marcha cicloturista más famosa de nuestro país, la Quebrantahuesos, marcha que he hecho un par de veces, aunque si que es cierto, que de eso hace ya más de 20 años, lo sube por la otra vertiente, la realmente dura, esta tampoco desmerece. No alcanza los porcentajes del otro lado, pero sigue siendo una subida muy seria.
Además, al ser sábado, se notaba que había muchos más ciclistas por la carretera, probablemente la mayoría de la zona. En plena subida, cuando íbamos todos mezclados, cada uno a su ritmo, apareció una señora de unos 75 u 80 años que nos adelantó a todos con su bicicleta eléctrica (perdón, con su ciclomotor con forma de bici), y además lo hizo con una sonrisa entre burlona y divertida.
Este puerto tiene además un largo falso llano aproximadamente a mitad de subida, donde la Quebrantahuesos suele instalar uno de sus avituallamientos. Después llegan unos dos kilómetros finales de ascensión, para dar paso a otro falso llano de otros dos kilómetros, donde prácticamente iba sin dar pedales, llegando a la cima muy cerca de los compañeros que iban por delante.
Después de la foto de rigor, y como seguía nublado, no tenía demasiadas ganas ni de comer ni de beber, así que me lancé hacia abajo detrás de ellos. Uno a uno fui adelantándolos durante el descenso hasta llegar con tanta ventaja al valle que decidí tirar por el tramo llano de transición hasta el siguiente puerto y comenzar en solitario el Col de Ichère.
Este puerto no es gran cosa, pero es de esos cortitos y matones. Me dieron alcance prácticamente en la cima. Además, a partir de este momento la vegetación cambió por completo. Si durante los dos días anteriores predominaban las praderas y las zonas rocosas, ahora entrábamos de lleno en la Selva de Irati: un bosque inmenso y precioso por el que apenas se colaba un rayo de sol. Seguíamos disfrutando de una temperatura magnífica y, de vez en cuando, incluso caía alguna gota.
Una vez coronado el Col de Ichère, me lancé de nuevo hacia abajo camino del puerto de Labays. Toda la transición entre ambos puertos es simplemente espectacular: carretera estrecha entre árboles, paralela al río, todo verde... Un lugar absolutamente recomendable.
Eso sí, el tramo favorable duró poco. Enseguida llegó el desvío hacia la Piedra de San Martín por el Col de Labays, una de las varias vertientes que tiene este puerto y que yo no conocía. Y tengo que decir que me sorprendió muchísimo.
Es realmente duro. Aquí los porcentajes de dos cifras no aparecen de forma puntual: se mantienen durante varios kilómetros. Personalmente me tocó ponerme en "modo penitencia" y, a base de riñón y chepazos, conseguí superarlo. Cerca de 17 kilómetros para salvar casi 1.200 metros de desnivel. Una emboscada en toda regla.
Como era de esperar, volví a acordarme de mi desarrollo. El 36x30 volvía a demostrar que se quedaba claramente corto para afrontar semejantes pendientes.
Una vez coronado Labays, enlazábamos con la auténtica subida a la Piedra de San Martín, una carretera que conocía perfectamente de mi escapada por la zona unos años atrás. Desde ese cruce aún quedaban cerca de ocho kilómetros hasta la cima y se me hicieron eternos. El esfuerzo de Labays me había dejado muy tocado.
Y eso que seguía nublado, porque con sol este terreno es una auténtica tortura. Doy buena fe de ello, porque precisamente por esta zona viví el peor día de mi vida encima de una bicicleta cuando hice por mi cuenta el recorrido de la Iraty Xtrem.
Una vez en la cima tocaba avituallamiento y después un descenso espectacular de casi 35 kilómetros hasta Isaba. Lo disfruté muchísimo. Llegué completamente solo al fondo del valle, con tanta ventaja que el desfiladero que conduce hacia Ochagavía para afrontar el Portillo de Laza lo hice íntegramente en solitario.
En ese desfiladero soplaba además un viento de cara bastante serio que iba desgastando poco a poco, mientras la temperatura comenzaba a subir porque las nubes iban desapareciendo. Mala noticia pensando en Larrau.
Ya en el Portillo de Laza tuve noticias de que, de los ocho que habíamos salido, solo cinco seguíamos sobre la bicicleta. Los tres colombianos, por unas razones u otras, habían tenido que subirse a las furgonetas. Simplemente no era su día.
Así que durante todo el trayecto que quedaba hasta meta fui completamente solo y cerrando el grupo. Tampoco me importó demasiado. Es más, casi lo agradecí para poder ir tranquilo, a mi ritmo, con mis pensamientos y mi sufrimiento. En peores plazas hemos toreado.
Una vez coronado el Portillo de Laza, tocaba descender hasta el cruce de Larrau. Allí ya el calor empezaba a hacerse notar. Desde ese punto quedaban unos diez kilómetros hasta la cima. Es cierto que, aunque Larrau es un auténtico monstruo, su vertiente realmente dura es la francesa, que para mí está entre los dos puertos más duros de todo el Pirineo. El otro es Errozate-Arthaburu, que también he subido, aunque esa historia queda para la crónica de la etapa 7.
Por esta vertiente, los diez kilómetros finales podrían compararse, en cuanto a porcentajes, con la parte central del puerto de La Morcuera, aunque con una diferencia importante: aquí toda la subida era completamente a pleno sol.
Yo iba bastante bien tanto de ánimo como de fuerzas, así que no tenía ninguna duda de que terminaría coronando el puerto y completando una etapa de cerca de 3.800 metros de desnivel. Aunque aún quedaba por vivir la anécdota del día.
Larrau, especialmente a las cuatro de la tarde, es un puerto tremendamente solitario. Apenas me crucé con un par de coches durante toda la subida.
El caso es que, a unos cuatro kilómetros de la cima, en una curva de herradura, había una furgoneta aparcada bajo la sombra de unos árboles. Allí estaban dos matrimonios franceses de cierta edad, con su mesa y sus cuatro sillas, comiendo tranquilamente al fresco. En cuanto me vieron, empezaron a animarme.
Cuando llegué a su altura les di las gracias y les deseé buen provecho, en francés, claro. Inmediatamente me ofrecieron agua y algo de comida, así que ni me lo pensé. Paré unos minutos con ellos. Me dieron agua, jamón, queso y un poco de pan, mientras manteníamos una conversación en una mezcla de español y francés sobre de dónde venía y hacia dónde iba.
Eran encantadores. Estoy seguro de que, si me hubiera quedado un rato más, habrían sacado una quinta silla para que me uniera a la sobremesa. Pero no era cuestión. Después de agradecerles enormemente el detalle, tocaba volver a subirse a la bici y rematar el puerto. Porque, como se parara el motor... malo. Y, por suerte, la cima ya estaba prácticamente al alcance.
Finalmente apareció el túnel de Larrau. Una vez atravesado, el puerto estaba terminado y, con él, prácticamente la etapa. Solo quedaba dejarse caer hasta el pueblo de Larrau.
Durante toda la bajada no podía dejar de acordarme de las dos veces que había subido ese puerto en sentido contrario. Los recuerdos iban apareciendo en cada curva. Eso sí, con muchísimo cuidado, porque el asfalto, especialmente en los últimos kilómetros, no es que esté mal: está destrozado. Como no lo arreglen pronto, solo se podrá pasar por allí con una bicicleta de gravel.
Al llegar al hotel, completamente machacado, todavía me esperaba la sorpresa final: allí también estaban los "Martineitors". Hay que joderse...
Después de una ducha reparadora y de un pequeño paseo, tocó disfrutar de una cena en el hotel, muy buena, por cierto, y dormir de un tirón. Ya solo quedaba afrontar la última etapa.












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