lunes, 3 de agosto de 2026

Transpirenaica - Etapa 7 (Última) - Bagargi, Sourzay, Arthaburu, Irulegui e Ispéguy

 


¡¡Última etapa!!

Después de seis días sin parar de subir y bajar, tocaba la traca final, ya que, como se suele decir, «hasta el rabo todo es toro». Y esta última etapa no era moco de pavo, ni mucho menos. Es más, probablemente subimos el puerto más duro de toda la semana y también bajamos, para mí, el puerto más difícil que existe en los Pirineos.

Además, viendo el perfil de la etapa, muchos pensábamos que la mayor dureza estaba concentrada en los primeros 40 kilómetros, pero el resto del recorrido también se hizo mucho de rogar.



El día amaneció igual que el anterior: muy nublado e incluso lloviendo, aunque con una temperatura muy agradable. Ese ambiente hizo que me tomara la jornada con mucha más alegría. Eso sí, las piernas ya notaban el cansancio acumulado, pero había que hacer el último esfuerzo. Además, después de tantos días, desayunar las cantidades que habíamos tomado durante toda la semana ya costaba lo suyo.

La etapa comenzaba, cómo no, viendo por última vez a los "Martineitors". Aunque el primer tramo lo teníamos en común, después del tercer puerto ellos seguirían por un lado y nosotros por otro, así que ya era seguro que aquella sería la última vez que nos veríamos. Ha sido una verdadera curiosidad coincidir con ellos durante casi toda la semana, llegando incluso a compartir hotel en dos ocasiones.

Los dos primeros kilómetros los hicimos bien abrigados con el chubasquero, porque salimos bajo la lluvia. Y, apenas recorridos esos dos kilómetros, comenzaba el durísimo Bagargui.



Debo decir que desde la salida hasta el final de la bajada del Errozate-Arthaburu conocía perfectamente el terreno, ya que lo había recorrido dos veces en sentido inverso cuando, por mi cuenta, hice la Irati Xtrem en los años 2009 y 2010. Y tengo que reconocer que, si entonces ya me impresionó la brutalidad de este puerto bajándolo, ahora me tocaba sufrirlo subiendo.

La dureza de este puerto se concentra en sus últimos cinco kilómetros, con porcentajes medios por kilómetro del 13 %, 12 %, 11 %, 12 % y 12 %. Así que ya podéis imaginar las rampas del 17 % e incluso del 19 % que me tuve que comer a base de chepazos y con el dichoso 36x30. Os aseguro que tuve que esforzarme al máximo. Aquellas pendientes no me iban a derrotar. La niebla, la fina lluvia que caía y el lamentable estado de la carretera —llena de excrementos de vacas y ovejas— le daban un toque épico. Además, aunque la temperatura era muy agradable, la humedad era enorme.

Con semejantes pendientes, muchas veces tuve que retorcerme sobre la bicicleta, agarrando con fuerza el manillar y las manetas de freno. Lo digo porque, en plena subida, la maneta derecha empezaba a crujir cada vez que la apretaba, y además de todas las circunstancias que ya tenía encima, empecé a preocuparme por una posible avería mecánica.

Una vez coronado el puerto y comenzando la bajada hacia el siguiente, llegó el susto del día. La maneta derecha, la misma que venía quejándose, empezó a moverse muchísimo. Lo primero que pensé al parar fue que se había partido y que la Transpirenaica se había terminado para mí. Afortunadamente, después de tantos descensos y tantas vibraciones, simplemente se había aflojado el tornillo de fijación. La reparación fue rápida y sencilla, aunque eso hizo que el resto del grupo siguiera bajando y les perdiera de vista... por poco tiempo.

Con lo resbaladizo que estaba el suelo, algunos bajaban con mucha precaución en las curvas, pero yo iba como un tiro, con mucha seguridad, y enseguida los alcancé al pasar por delante de los Chalets de Irati. Insisto: esta zona es absolutamente espectacular.

Después comenzaba el corto pero intenso Sourzay, donde marqué el ritmo entre las nubes y la lluvia para, posteriormente, bajar y comenzar el Arthaburu. Todo este tramo discurría por carreteras muy estrechas, de alta montaña, repletas de curvas, con lluvia, niebla y un paisaje impresionante. Me estaba encantando y lo estaba disfrutando muchísimo. Iba a tope, sin importarme demasiado lo que viniera después.

Posteriormente comenzamos la bajada del Errozate-Arthaburu y, si ya cuando lo subí me impresionó su dureza, bajándolo se aprecia todavía mucho más. También puedes disfrutar de la espectacular belleza del entorno, algo que cuando subes sufriendo apenas eres capaz de hacer.

Eso sí, me llevé un buen susto. Como comenté antes, toda la carretera estaba llena de excrementos de vacas y ovejas que, mezclados con el agua, eran puro hielo. Ya casi al final del descenso hay varias curvas de herradura bastante cerradas y, en una de ellas, la rueda trasera me patinó. Lo tenía controlado, no era la primera vez que me ocurría, pero aquello fue suficiente para que decidiera que, desde ese momento, las locuras justas.

Ya abajo decidí esperar al resto del grupo para continuar todos juntos, ya que la parte complicada de la etapa había terminado y enseguida entraríamos en una carretera nacional. A partir de ahí, la nacional sería una constante. Había tramos donde discurría paralela a una autovía, lo que hacía que apenas hubiera tráfico, aunque en otros nos desviaban de nuevo. Era un continuo entrar y salir, siempre acompañando al río Bidasoa. En teoría, el recorrido era así hasta Hondarribia, aunque aún quedaba el último puerto serio del día: Ispeguy.

Antes de afrontar la subida hicimos un breve avituallamiento. Bueno, al menos ellos, porque yo arranqué antes con la intención de terminar el puerto cuanto antes. Son unos ocho kilómetros al 7 % de pendiente media, que para despedir la semana no está nada mal.

Y decidí subirlo a tope desde abajo, hasta donde llegara. Finalmente, a tres kilómetros de la cima, vi por el rabillo del ojo que venían como lobos, así que apreté todavía más. Tenía el firme empeño de ser el primero en coronar el último puerto de la Transpirenaica y, por los pelos, lo conseguí.

Una vez arriba todos, nos dimos cuenta de que aún nos quedaban unos 70 kilómetros hasta Hondarribia, prácticamente de bajada y falso llano, así que no convenía entretenerse demasiado porque se nos iba a hacer eterno.

La bajada de este puerto la hice a mi ritmo, pero en una curva la cadena se salió por fuera del plato y tuve que colocarla a mano mientras seguía en marcha. Después de ese incidente, el desviador debió de moverse ligeramente porque, desde ese momento, al pedalear con plato grande y piñón pequeño, la cadena rozaba constantemente. Tuve que parar para enderezarlo a mano.

Dicho sea de paso, la bicicleta se portó como una auténtica jabata durante toda la semana. Eso sí, se le exigió muchísimo durante siete días seguidos: muchos kilómetros de descenso, mucha agua, infinidad de vibraciones, barro, suciedad... Estaba pidiendo a gritos una buena revisión, asi que el lunes nada mas llegar, directo a La grupetta. Sin lugar a dudas, un regalo maravilloso de mi padre.

Una vez terminada la bajada del último puerto, todavía quedaban unos 60 kilómetros que a todos se nos hicieron muy pesados. Ya había muchas ganas de terminar y, si a eso le añades un par de pinchazos dentro del grupo, la sensación de que aquello no acababa nunca fue todavía mayor.

Finalmente llegamos a Hondarribia, hasta la misma playa. La travesía de Mar a Mar había terminado. Allí nos abrazamos todos y nos felicitamos por el objetivo conseguido. Han sido siete días de un esfuerzo mayúsculo, mucho mayor de lo que podría explicar en estas breves líneas.

Lo mejor de todo ha sido el grupo: ocho ciclistas y tres personas de la organización. Desde el primer momento hubo sintonía entre todos, buen ambiente, risas, anécdotas y mil momentos que han hecho de esta una experiencia magnífica.

Y quiero hacer una mención especial a José Antonio "el Profe", mi compañero de habitación. Conectamos desde el minuto uno y la convivencia con él ha sido fantástica en todos los sentidos: deportivo, personal e incluso ideológico, en el sentido más amplio de la palabra. Un tipo con el que, además, tenemos amigos comunes y con el que, a buen seguro, nuestros caminos volverán a cruzarse por Madrid en alguna otra ocasión.

Ahora toca descansar unos días de la bicicleta, disfrutar del verano en familia y empezar a hacerse la pregunta de rigor:

¿Y en 2027... adónde?

Solo se me ocurren tres opciones: Dolomitas, Alpes franceses o Alpes italianos.

El tiempo dirá cuándo y dónde.



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